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Los dos mayores hitos de la música burgense
en toda su historia son Hilarión Eslava y Federico Olmeda.
Ambos son a la vez, dos de los compositores españoles más
importantes del siglo pasado, y ambos destacaron igualmente por
sus estudios teóricos y musicológicos.
Si Eslava fue un compositor navarro que pasó
un periodo importante de su vida productiva en el Burgo, Olmeda,
en cambio, fue burgense de nacimiento y formación, pero desarrolló
la mayor parte de su carrera compositiva fuera de su ciudad natal,
principalmente en Burgos. Eslava destacó por su música
religiosa y sus óperas -música vocal al fin y al cabo-;
sin embargo, Olmeda -y es un caso curioso en el ambiente musical
de la iglesia española- dio lo mejor de sí mismo en
la música profana, y muy especialmente en la instrumental.
Finalmente, sobre la vida y la obra de Eslava han aparecido en Pamplona
importantes estudios y monografías modernas; sobre Olmeda,
desgraciadamente, ni Soria ni Burgos han promovido estudio alguno.
Tampoco, obviamente, se ha interesado ningún investigador
por realizar o publicar la tesis doctoral o la monografía
que la memoria del compositor burgense está pidiendo a gritos.
Federico Olmeda de San José nace en el Burgo de Osma (Soria)
en 1865. En la catedral de su ciudad natal empieza a estudiar música
con León Lobera y Damián Sanz (1).
En 1887 obtuvo la plaza de organista en la
catedral de Tudela, y un año más tarde, de la de Burgos,
donde desempeñó más tarde las funciones de
director del Orfeón Burgalés( 1894) y del Orfeón
de Santa Cecilia. En 1903 pasa a ser maestro de capilla de la catedral
burgalesa, y en 1907, del monasterio de las Descalzas Reales de
Madrid. Cuando ya había superado todas las pruebas para convertirse
en profesor del Conservatorio madrileño, le sobrevino la
muerte en 1909.
En su faceta de escritor sobre temas musicales, dirigió
la revista La voz de la música y publicó numerosos
artículos en otras publicaciones. Recopiló muchos
cantos populares en su libro Folklore de Castilla (1902) y escribió
una Memoria de un viaje a Santiago de Galicia (1895), en la que
se incluye un valioso estudio del Códex Calixtinus.
Como autor de música religiosa, Olmeda
escribió cuatro misas y varias obras para órgano (una
de las cuales, Lamentación, es, según Henri Collet(2),
digna de César Franck).
Es, no obstante, del mayor interés su obra
profana, como ya señaló el propio Collet. El Diccionario
biográfico de los grandes compositores de la música,
de Marc Honeggr(3), en su edición
española de 1993, le atribuye cuatro sinfonías y un
cuarteto de cuerda.
Mucho más fiable nos parece Carlos Gómez
Amat(4), que cita entre sus obras
instrumentales tres cuartetos, tres sinfonías, el poema sinfónico
Paraíso perdido y una colección de piezas para piano
tituladas Rimas.
Nos centraremos en el Cuarteto de Mi bemol y en las
Rimas para piano que se encuentran, al igual que el citado cuarteto,
en el archivo de la catedral de Palencia. De Las Rimas se encuentran
en el archivo de la catedral palentina Los números 26, 27,
28, 29 y 30, pero en el propio manuscrito de Olmeda se encuentran
en otro orden: 26, 27, 30, 28 y 29.
Gómez Amat describe las Rimas como sonatas,
pero nosotros pensamos que son una colección de pequeñas
piezas para piano siguiendo la costumbre de las colecciones del
romanticismo (Nocturnos Preludios, Impromptus, Momentos musicales,
Intermedios, Rapsodias, Romanzas sin palabras... ). Igualmente,
comparten otra característica plenamente romántica:
el programatismo, que consiste en que la música intenta seguir
un programa literario. En el caso de las Rimas de Olmeda, el título
global de la colección es suficientemente significativo.
Algunas de ellas (por ejemplo, las n° 26 y 29) no tienen título;
otras si lo tienen (por ejemplo, la n° 27, "Algazara" y 30, "A la
luz de la luna"). Una de ellas, la n° 27, tenía un título
que ha sido tachado por el autor.
Al igual que muchas de estas pequeñas
piezas románticas, cada una de las Rimas de Olmeda está
basada en un único motivo o en un único diseño
musical. Por ejemplo, en la número 26 entre la melodía
y el bajo por saltos ascendentes (octava-acorde) hay un diseño
de tresillos que forman un pequeño arpegio primero ascendente
y luego descendente. La rima n° 27 subraya el carácter de
su título ("Algazara") con un diseño saltarín
en el que tresillos de semicorchea y corcheas alternan por saltos.
La rima n° 30 no sigue con tanta claridad un único diseño
pero parte del ritmo negra + blanca + negra + blanca + cuatro semicorcheas
ascendentes + negra + 2 corcheas, todo ello a dos voces que hace
la mano derecha. La rima n° 28 es un vals y sigue un ritmo en el
que alternan grupos de 2 corcheas con negras. La rima n° 29 finalmente,
se basa en un diseño de terceras paralelas en la mano derecha
en el que la melodía se mueve por grados conjuntos o como
mucho por intervalos de tercera. La segunda sección utiliza
valores más cortos, repitiendo obsesivamente un ritmo punteado.
Por el título y la fecha de composición
(1890-1891) uno se podría esperar que las Rimas sean ejemplos
de la llamada música de salón, estilo un tanto intrascendente
en cuyas garras cayo, en sus inicios, el mismísimo Manuel
de Falla.
Nada de eso sucede. Olmeda, cuya atípica inclinación
por la música profana ya hemos señalado, vuelve su
mirada al pasado -algo típico, por otra parte, de la música
eclesiástica española del XIX-, y consigue unas piezas
conservadoras ancladas en la estética del primer romanticismo
pero con una calidad sorprendente y del todo ajenas a la liviandad
de la música de salón, tan en boga en aquellos años.
La escritura pianística de Olmeda es idiomática, rigurosa
y, en ocasiones, compleja: era un hombre que dominaba plenamente
su oficio. En estas cinco Rimas Olmeda se muestra como un buen melodista
y un consumado maestro de la armonía. Gómez Amat(5)
dice que en Las Rimas "parece advertirse una influencia schubertiana",
pero a nosotros nos parece que experimenta a partes iguales la de
varios maestros del romanticismo, sobre todo del primer romanticismo:
el Beethoven de los movimientos lentos de algunas de sus sonatas,
el Schubert de las Impromptus, el Mendelssohn de las Romanzas sin
palabras, el Schumann de las Escenas de niños, el Chopin
de Los Valses (por ejemplo, en el compás 14 de la Rima 28,
con una ornamentación escrita con un grupo de muchas notas
de valor irregular) o incluso una especie de mezcla de Lizt y Chopin
en el final de la citada rima. Por supuesto, no es que Olmeda suene
unos ratos a uno y otros ratos a otro, sine que elabora una escritura
y una armonía sólidas y coherentes fundiendo todas
estas influencias sin que suene más parecido a un compositor
que a otro. La misma elección del título Rimas, es
original y acertadísimo, pues los compositores españoles
de esta época no tienen ningún inconveniente en bautizar
sus obras con Los manidos nombres de "Romanzas" (con o sin palabras),
"Nocturnos", "Rapsodias", "Barcaroles" o "Serenatas".
Dentro de parecidas coordenadas estéticas se
sitúa el Cuarteto en Mi bemol (1891), obra, si cabe, todavía
más redonda y acabada que Las Rimas para piano -buena prueba
de ello es que López-Calo la calificó de "hermosa"(6).
Si en los planos melódico, armónico y rítmico
sigue recordando al primer romanticismo, su estructura es también
la que podríamos esperar de un compositor que quedó
anclado en esa época: una forma sonata seguida con ciertas
libertades.
El primer movimiento, "moderado sostenido y con expresión",
tiene forma de sonata bitemática, tanto más fácil
de distinguir cuanto que el mismo Olmeda va poniendo de su puño
y letra el nombre de cada una de las secciones. La primera sección
es la típica exposición con dos temas: el primero
en la tónica (Mi bemol mayor) y el segundo, como mandan los
cánones, en la dominante (Si bemol mayor). Cabe destacar
que cada tema se repite con un puente modulante en medio. La segunda
sección es el desarrollo, y el propio autor escribe en qué
consiste: "fragmentos melódicos y rítmicos de las
dos ideas (= los dos temas) combinados", naturalmente, paseándolos
a través de varias tonalidades. La tercera sección
debería ser una reexposición o recapitulación
con Los dos temas principales en la misma tonalidad (la tónica),
pero no hay tal reexposición: sólo aparece una variante
del primer tema y donde Olmeda pone "recapitulación" queda
ya muy poco tiempo para el final del movimiento: nos estamos acercando
a la coda. Recordemos que Chopin, en recapitulación del primer
movimiento de sus dos últimas sonatas para piano, también
omite uno de los dos temas (en este caso el primero).
Olmeda invierte el orden de los movimientos
segundo y tercero, poniendo primero el Scherzo y luego el movimiento
lento, cosa que se hacía con relativa frecuencia desde hacía
tiempo.
La mayor novedad del segundo movimiento es su denominación:
el autor renuncia a su denominación usual, scherzo, poniendo
en su lugar la traducción española, juguete. Por lo
demás, este juguete es un scherzo al uso, con una primera
sección más enérgica, en el relativo menor,
do menor, y con trío contrastante, más pausado y en
el relativo mayor (Mi bemol mayor, la tonalidad principal de la
obra). Hay que destacar el carácter peculiar del tema principal
de la primera sección, más cercano, con unos tresillos
en la parte fuerte de los compases 5, 6 y 7, al italianismo que
a un posible toque nacionalista.
El tercer movimiento es un espléndido tiempo
lento en forma lied y lleva como título "En la Concepción
de Murillo". Llama la atención, en el cuarto compás,
un motivo ascendente que nos recuerda a un fragmento del tema principal
del primer movimiento, y que pensamos que es más una consecuencia
fortuita de la forma de escribir de Olmeda que un intento de jugar
con la forma cíclica.
El cuarto y último movimiento, presto, único
tiempo del cuarteto que está escrito en compás binario,
es un vigoroso fugato que no sigue la estructura habitual en estos
cases (rondó o rondó-sonata), sino la forma estrófica
con estribillo, que Chopin, por ejemplo, ya había utilizado
en el final de su tercera sonata para piano en si menor. Comienza
con la exposición, al unísono en los cuatro instrumentos,
del que será el tema principal del movimiento. La segunda
sección consiste en una melodía saltarina en el primer
violín mientras los demás instrumentos completan la
armonía repitiendo cada uno la misma nota y siguiendo el
ritmo machacón de negra y dos corcheas.
Como rasgo común a todos los movimientos diremos
que Olmeda muestra cierta preferencia por los diseños melódicos
por grados conjuntos, quizá más en sentido ascendente
que en sentido descendente, y una marcada predilección, que
también se advierte en las Rimas, por el compás ternario
y por las tonalidades con bemoles. A este respecto conviene decir
que Olmeda escribió la primera página del cuarteto
en Mi mayor (el título inicial era Cuarteto a cuerda sola)
pero inmediatamente se arrepiente y escribe la obra entera en Mi
bemol mayor, haciendo además constar la tonalidad en el titulo:
Cuarteto en Mi bemol .
En este cuarteto Olmeda demuestra las cualidades que
ya habíamos apuntado a propósito de las Rimas, y además
se revela como un maestro de la escritura para cuerdas y como un
gran contrapuntista, algo indispensable para todo el que quiera
escribir un buen cuarteto, pues la soledad de los cuatro instrumentos
de cuerda recuerda en algo a las cuatro voces mixtas de un coro.
Aquí, sin duda, Olmeda se aprovecha del profundo estudio
del contrapunto que todo músico de iglesia lleva a cabo,
y encuentra con singular fortuna un medio al que poder trasladar
esos conocimientos.
En esta obra descubrimos otra virtud que en
las Rimas, por su brevedad, no aparecía: la maestría
de Olmeda a la hora de estructurar una obra de largo aliento, el
equilibrio entre las grandes partes de una obra más larga.
Y aquí nuestro autor sabe dosificar perfectamente los momentos
de tensión y de distensión, y buena prueba de ello
es el final de cada movimiento, donde Olmeda modifica la escritura
para llegar a la máxima tensión justo al final.
Como conclusión diremos que no nos parecen
en absoluto exagerados los elogios que un autor de principios del
siglo como Henri Collet dispensa al músico burgense. No nos
quejamos del trato que se le da en manuales y diccionarios modernos,
que lo tratan como al buen músico que es, aunque quizás
podrían haberle dedicado mayor espacio. Lo que si lamentamos
es que ahora que se intenta recuperar a músicos españoles
del pasado, no se haya hecho el más mínimo esfuerzo
por ejecutar su obra. Tenemos en nuestra región una espléndida
orquesta sinfónica que está empeñada en recuperar
el sinfonismo español del XIX, que ha tocado sinfonías
del alicantino Chapí, del mallorquín Marqués
y que ha ofrecido en concierto y grabado una sinfonía del
salmantino Bretón. ¿No sería el momento de que tocara
alguna de las sinfonías de Olmeda?
Por otra parte, Las edades del hombre siempre ha sido
sensible a la buena música. Como en cada edición se
ha grabado un disco, y la próxima se celebrará en
Palencia, me permito una humilde sugerencia: que se considere, como
uno más entre otros candidatos, a este Cuarteto en Mi bemol
para formar parte del disco que se edite el año próximo.
El original se encuentra en el archivo de la catedral palentina,
el autor es burgense y pasó la parte más fructífera
de su vida en Burgos. Además no soy la única persona
que puede ratificar la sorprendente calidad de esta obra: competentes
intérpretes profesionales están trabajando sobre ella
y comparten mi opinión.
(1) José López-Calo,
"Federico Olmeda", en Stanley Sadie, editor, The New Grove Dictionary
of music and musicians, vol. 13, Londres, Macmillan, 1980, pág.
536. Francisca García Redondo, La música en Soria,
Soria, 1983, pág. 75-76. José Ignacio Palacios Sanz,
Tres siglos de música en la catedral de El Burgo de Osma
(1780-1924), Soria, Centro Estudios Sorianos, 1991, pág.
123-124.
(2) Henri Collet, Enciclopédie
de la musique et Dictionnaire du Conservatoire. Espagne.
Le XlXe siecle, deuxieme partie, París,
1919. L 'essor de la musique espagnole en XXe' siecle, París,
1929.
(3) Marc Honegger, Diccionario
biográfico de Los grandes compositores de la música,
Madrid, Espasa-Calpe, 1993, pp. 394-395.
(4) Carlos Gómez Amat,
Historia de la música española. 5. El siglo XlX, Madrid,
Alianza, pp. 269-270.
(5) Gómez Amat, op.cit.,
p. 269.
(6) López-Calo, loc.cit.,
p. 536.
Comunicación leída el 19 de septiembre
de 1997 en las Jornadas de Estudio sobre la Historia de la Diócesis
de Osma-Soria.
José del Rincón Rubio
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