| Un hombre despierta de madrugada. Está tendido boca arriba sobre una cama y cubierto hasta el cuello por un edredón. Ladea la cabeza hacia su derecha. Entre las rendijas de la persiana se cuela una luz azulada que dibuja pequeñas peceras por toda la habitación. El hombre las sigue con la mirada durante un rato –sin moverse, y en completo silencio: no escucha nada dentro de su cabeza. Ahora, ladea la cabeza hacia el lado contrario. Ve un bulto de proporciones considerables cubierto también por un edredón. El bulto se mueve y emite un sonido pautado; no se oye otra cosa en la habitación. A medida que pasan los minutos la intensidad de la luz aumenta, gradualmente. El hombre comprueba ahora que el edredón que cubría el bulto se ha desplazado hacia el lado de la cama que él ocupa, y que, bajo sus pliegues, se esconde el cuerpo de una mujer. Rescata una de sus manos de debajo del mismo e intenta tocar su hombro, pero antes de alcanzar su destino un sonido inunda el silencio de la habitación: una voz áspera, grave, que nada en celofán arrugado. La respiración de ambos se acelera; sin apartar la vista del cuerpo de la mujer el hombre devuelve su gesto bajo las sábanas. Los movimientos de la mujer se alargan –intentando acomodarse ahora entre las pausas e inflexiones de esa voz que ocupa el espacio que los separa, al tiempo que el hombre intenta contener cuanto puede de ese espacio dentro de sí, hasta que lo único que escucha son sus propios latidos, dentro de su cabeza.
La mujer rueda sobre sí misma y el hombre ve su rostro por primera vez.
-Apaga eso quieres.
Sus ojos son de color azul.
-Vamos –suplica-. Al menos eso sí. Por favor. Date la vuelta y apaga ese maldito chisme.
El hombre ladea la cabeza, de nuevo hacia la derecha, y escucha: “Muy bien eso es. Apágalo”, de boca de la mujer. Junto a él, sobre la mesilla, el hombre ve un artefacto rectangular de color negro, cuyo frontal emite destellos rojos intermitentes.
07:32
Una melodía se abre paso a través de esa otra voz áspera y grave.
07:33
El hombre se vuelve de nuevo hacia la mujer.
-Sí eso es –dice la mujer-. El despertador. Apágalo.
El hombre repite la operación, rescata una de sus manos de debajo del edredón y la acerca al despertador. Toquetea su superficie, repetidamente. La habitación está ahora llena de luz, perfilados todos los objetos que contiene: el final de la cama, una alfombra, dos sillas, ropa sobre ellas, una cómoda bajo un espejo, una lámpara colgando del techo, dos puertas, un
-Joder –es la voz de la mujer. La cama vibra bajo la espalda del hombre, que gira de nuevo su cabeza hacia la izquierda; ahora ve un edredón y el final de una cama y una mesilla y un flexo y dos puertas y escucha un golpe seco al otro lado que hace callar esa voz áspera, grave, aunque acto seguido es otra voz la que dice:
-Vamos a tener un día de ésos eh.
El hombre se gira hacia el lugar de donde procede la voz. Junto a él, de pie, ve a una mujer somnolienta que dice:
-Un día de los tuyos verdad.
Sus ojos son de color azul.
-Ahora voy a meterme en la ducha –dice la mujer-. Será sólo un momento. No te muevas de aquí me oyes. Enseguida estoy contigo.
El hombre baja la vista. Ve un bulto bajo el edredón, moviéndose al ritmo de sus propias piernas, tatuadas con pliegues de luces y sombras.
Sus ojos se cierran lentamente: la habitación entera desaparece.
-No puedes quedarte todo el día en la cama.
Un hombre despierta tendido boca arriba sobre la cama y cubierto hasta el cuello por un edredón. Sentada a su lado hay una mujer de mediana edad vestida, recién salida de la ducha; todo a su alrededor huele a extracto de camomila. A miel. A vapor de agua. Su cuerpo se tensa cuando ella le pasa los brazos por debajo de las axilas, y ahora que la tiene tan cerca, pegada a él, comprueba que sus ojos son de color azul.
-Vamos –dice la mujer- es hora de ponerse en marcha.
Una vez en pie, la mujer le guía hacia una de las puertas de la habitación. Tras la puerta hay una habitación pequeña, fría y húmeda, presidida por un gran espejo que está empañado. El hombre ve moverse sobre su superficie dos figuras desdibujadas.
-No te distraigas –dice la mujer.
Los dedos de ella le desabrochan los botones de la camisa del pijama y, después, esos mismos dedos desaparecen bajo el elástico de sus pantalones, pero éstos no ceden a pesar de la fuerza que ella le imprime a los movimientos. El hombre se inhibe durante la operación. Se limita a observar a la mujer agacharse e introducir una de sus manos entre sus piernas para vencer la resistencia; luego devuelve la vista al espejo y comprueba que las figuras siguen sin definirse. Cuando vuelve a mirar hacia abajo se ve desprovisto del pantalón del pijama y a la mujer riendo entrecortadamente mientras sostiene en la mano una polla morena, grande, velluda.
-Dios mío –dice la mujer.
Levanta la vista hacia él, sonriendo: sus ojos son de color azul y están húmedos.
-Dios mío –dice la mujer.
Luego se pone en pie, alisándose la falda, mientras lanza un suspiro. Le toma de los hombros y le conduce hasta una bañera. Dentro de la bañera hay una silla de plástico blanca. La mujer le ayuda a introducirse en la bañera, a sentarse en la silla. Abre el grifo del agua caliente y ésta cae sobre el hombre, empapándolo y haciéndole boquear cuando se le mete en la boca, en los orificios de la nariz. La mujer le enjabona el cuerpo, la cara y el pelo con una esponja grande, del color de sus ojos; luego le aclara y le ayuda a salir de la bañera envolviéndole en un albornoz que huele a suavizante industrial. El hombre ronronea mientras ella le seca el pecho, la nuca, las ingles.
-Ya estás más contento eh canalla –dice la mujer.
Toma la cara del hombre con ambas manos balanceándole la cabeza a uno y otro lado.
-A ver... –dice la mujer.
El hombre la mira por primera vez; sus ojos son de color azul.
-Creo que ya toca –dice la mujer.
Una de sus manos se desliza sobre la superficie del espejo, licuando a su paso el vapor de agua y dibujando en su estela las figuras de un hombre y una mujer. El hombre le está mirando fijamente, la mujer revuelve entre los botes y los frascos que están junto a la pila de un lavabo. A este lado del espejo, el hombre ve a una mujer sosteniendo en su mano un artefacto negro del que pende un cable del mismo color y cuyo extremo ella pega a una de las paredes. Un zumbido se abre paso a través del vaho del cuarto de baño y el hombre da un pequeño paso hacia atrás.
-A dónde te crees que vas –dice la mujer.
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