| Las conocemos todos: trattorias italianas montadas por una familia de calabreses ficticios en la que Giuseppe, el padre sudoroso, hornea la masa de la pizza, su mujer Fiorella elabora los antipasti y Fabrizio, el hijo mayor, compra el mascarpone para el tiramisú; Pero también diners americanos cuyas camareras ni estudian en un high school del extrarradio de Baltimore, ni han escogido Ceramics o Music Appreciation como asignaturas para este semestre. Y salones de boda, sobran los comentarios ante los salones que bodorrizan tu enlace trasladándolo al comedor de gala de un castillo medieval obligándote a seguir rituales obsoletos, a darle la mano a un falso Conde de Montalvo antes de la cena, a vitorear a los caballeros que han participado en unas justas de medio pelo. Sí, a nosotros también nos apestan esos lugares, nos provocan el grito de Todo eso es una estafa, no hay tal familia calabresa, sabemos que no hay condes ni señores feudales, lo sabemos.
Y de ese saber tan obvio surgió precisamente la idea de montar Le Faux-Filet, de abrir un restaurante de cinco tenedores que tomara su nombre de la traducción al francés de la palabra solomillo. Y aunque por nuestra selecta carta de platos, por nuestra tarjeta pulcramente diseñada y por los fósforos de cabeza dorada que regalamos junto a la cuenta nadie advertiría que se trata de lujo de pacotilla, nuestros clientes sí se han percatado ¾ no engañamos a nadie: el adjetivo falso aparece en el logo ¾ , y eso es precisamente lo que buscan.

Y enseguida Francia, nada más nombrar el lujo asoma Francia, y con ella el estiramiento un poco antipático de sus chefs y sommeliers , la ansiedad ante la posibilidad de ser penalizados por elegir mal el vino ("¿Madame está segura de preferir un Chatêau Lafargue rouge con el lenguado?"), el saber que la risotada chusca, el aflojarse el cinturon ante la llenez o el palillo para quitarse restos de comida de entre las muelas nunca tendrán cabida en la palabra lujo, y por lo tanto habrá que renunciar a ellos, renunciar incluso a la conversación animada en voz alta en favor de la banda sonora del refinamiento hostelero: sonido de copas y cubiertos y, sólo de vez en cuando, una risa masculina elegante y discreta o un tenue ah, d´accord por parte de una dama.
En Le Faux-filet escuchamos la petición del que desea lujo pero no quiere enfrentarse al castigo que supone aceptarlo. Nosotros conocemos el lenguaje del lujo, lo manejamos como un ventrílocuo a su muñeco: no lo emitimos desde la garganta sino desde el estómago, y con esto no nos referimos al tipo de titular que crearía la prensa gastronómica ("Le Faux-filet: lujo desde el estómago"), sino a que lo hablamos como disimulándolo. El lujo es para nosotros un muñecajo inerte al que otorgamos vida mediante nuestro discurso, mediante nuestros palitos de sucedáneo de cangrejo desmigados que simulan txangurro y nuestro bavaroise de vieiras e hinojo elaborado con berberechos en conserva.
Y es que la principal diferencia entre Le Faux-filet y lugares como Zalacaín o La Tour d´Argent no se halla en los productos sino en la intención . Existe un cliente fauxfiletista que ha sabido comprenderla y que paga por ella precios sorprendentes. Al principio fuimos nosotros quienes no supimos leer su fascinación cada vez que Arnaud, el maître, actor secundario en paro al igual que Christophe, el sommelier , les formulaba con su acento irrisorio de Inspector Clouseau la tradicional pregunta: "¿Cómo desea el entgecot Madame: saignant, à point , o bien cuit ?" Por sus indefectibles risotadas y comentarios como La madama lo que quiere es darse el filetón , los percibíamos como meros grupos de oficinistas achispados que venían a celebrar sus cenas navideñas en un lugar que creían selecto. No obstante, ya en aquel momento, ellos no ignoraban que el plato consistía en una hamburguesa de carne picada de tercera, casi apodable chicha , a veces incluso con la lámina de plástico que la separa de la siguiente pieza adherida todavía por despiste del cocinero, y, aunque de alguna manera nos siga sorprendiendo, no les dolía ni les duele pagar alegremente 33 € por un pedazo de carne picada que ni logra simular ser un Entrecot dos salsas ¾ mayonesa de bote y mermelada de frambuesa Hero ¾ , o 29 € por unas Delices de foie mi-cuit con apariencia de comida para gatos recién desmoldada.

A nosotros también nos resulta un poco inexplicable la adquisición vertiginosa de unos clientes tan fieles, que, además, no son en absoluto una caterva de personas zopencas y sin gusto, aunque en realidad, ¿qué significa no serlo ? ¿Quizá que, en vez de dejar en el guardarropa el chubasquero y la taza que acaban de comprar en la tienda del Real Madrid, dejen el paquete de libros editados por el MIT que les acaban de enviar desde Amazon? Nos hemos llevado sorpresas: hemos sido regadores regados. Creíamos estar atendiendo al ignorante encandilado por un lujo de pega cuando en verdad le estábamos cambiando la pala de pescado al catedrático de Teoría de la Comunicación. El morbo del lujorro impostado ha hecho estragos también en directores de grupos editoriales: algunos ya tienen su reservado en Le Faux; para ellos somos una versión avanzada de traje nuevo del Emperador, la práctica para su tan bien urdida teoría. En nuestro restaurante hacemos reflexionar al sociólogo y damos qué pensar al columnista de opinión. Ahora sabemos que el cliente fauxfiletista está de acuerdo con la experiencia simulada del lujo y que busca también el ritual catártico de desmitificar el país vecino, que tanto daño le ha hecho al nuestro con sus pretensiones, su complejo de superioridad y ese desprecio que nos convertía automáticamente en seres zafios y chaparros o, si estaban de buenas, en personajillos pintorescos poco tomables en serio.
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