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Peter
Pan
CADA VEZ QUE hay luna llena yo cierro las ventanas
de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo
y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería
asustarme porque el papá de Salazar es Batman
y a esas horas debería estar vigilando las calles,
pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que
su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá
de Salazar.
Todos los papás de mis amigos son superhéroes
o villanos famosos, menos mi padre que insiste en que
él sólo vende seguros y que no me crea
esas tonterías. Aunque no son tonterías
porque el otro día Gómez me dijo que su
papá era Tarzán y me enseñó
su cuchillo, todo manchado con sangre de leopardo.
A mí me gustaría que mi padre fuese alguien,
pero no hay ningún héroe que use corbata
y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan,
Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería
a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién
podría ser mi padre.
Un día se quedó frito leyendo el periódico
y lo vi todo flaco y largo sobre el sofá, con
sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas,
blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces
corrí a la cocina y saqué el hacha de
cortar la carne. Por la ventana entraban la luz de la
luna y los aullidos del papá de Mendoza, pero
mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata
de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez,
porque ahora soy el hijo del Capitán Garfio.
Ya
no quiero a mi hermano
«CARLITOS ESTÁ AQUÍ», dijo
la médium con su voz de drácula, y de
pronto se transformó y puso cara de buena. Entonces
mamá le hizo muchas preguntas y el espíritu
respondía a través de la señora.
Seguro que era Carlitos porque sabía dónde
estaba el robot y cuántas monedas había
en su alcancía, dijo cuál era su postre
favorito y también los nombres de sus amigos.
Cuando la médium nos miró haciendo las
muecas de Carlitos papá empezó a llorar
y mamá le pidió por favor, por favor que
no se fuera. Las luces se apagaban y encendían,
los cuadros se caían de las paredes y los vasos
temblaban sobre la mesa. Me acuerdo que la señora
se desmayó y que una luz atravesó a mamá
como en las películas. «Carlitos está
aquí», dijo con cara de felicidad.
Desde entonces hemos vuelto a compartir el cuarto y
los juguetes, el ordenador y la Play-Station, pero la
bicicleta no. Mamá quiere que sea bueno con Carlitos
aunque me dé miedo. No me gusta su voz de drácula.
Y además huele a vieja.
Del apócrifo
evangelio de San Pedro (IV, 1-3)
«SALIÓ DE BETANIA el Señor en
dirección a Jerusalén, víspera
de Pascua, mientras una multitud de judíos rodeaba
la casa de Marta y María por ver a Lázaro,
a quien Jesús resucitó de entre los muertos.
Pero Lázaro sufría en silencio y nunca
habló de lo que vio durante los cuatro días
y cuatro noches que estuvo con Abraham en su seno, aunque
sus hermanas sabían que no dormía ni comía.
Y estando Judas Iscariote recogiendo la esencia de nardos
que quedó después de ungir los pies del
Señor, fue llamado por Lázaro, quien le
dio treinta monedas de oro. Y entonces Judas partió
a Jerusalén».
El monstruo de
la laguna verde
COMENZÓ CON UN grano. Me lo reventé,
pero al otro día tenía tres. Como no soporto
los granos me los reventé también, pero
al día siguiente ya eran diez. Y así continué
mi labor de autodestrucción. En una semana mi
cara era una cordillera de granos, pequeñas montañas
nevadas de pus, minúsculos volcanes en podrida
erupción. Los granos de los párpados no
me dejaban ver y los que tenía dentro de la nariz
me dolían al respirar. Pero seguí reventándolos
con minuciosa obsesión. No me di cuenta de que
me habían saltado a los dedos y a las palmas
de las manos hasta que sentí ese dolor penetrante
en las yemas. La infección se había esparcido
por todo mi cuerpo y los granos crecían como
hongos por mi espalda, las ingles y mi pubis. Si cerraba
los brazos se reventaban los granos de mis axilas. Un
día no pude más. Me miré al espejo
por última vez y dejé sobre la mesa del
comedor mi carné de identidad. Después
me perdí en la laguna.
El
horror en los sueños
HAY PESADILLAS QUE nunca nos abandonan y que envejecen
con nosotros, añadiéndole al terror primigenio
los temores de la edad, las heridas del amor y el dolor
de la experiencia. De niño soñaba que
me seguía un hombre con las manos en los bolsillos
y que esas manos delataban su naturaleza monstruosa:
patas de pollo, dedos de lombrices o hierros retorcidos.
Con los años aquel hombre ha cambiado muchas
veces de rostro, espantándome de nuevo con su
horror antiguo. Otra pesadilla es la de la mujer que
se ríe bajo la máscara china. De niño
me aterraba ignorar quién era y ya de mayor me
inquieta sospechar quién es. Pero la peor es
la del leprosorio: cuando era niño descendía
a la cueva para ayudar a Ben-Hur a encontrar a su madre,
temiendo en realidad descubrir a la mía. Ahora
en mis sueños le pido a Judá Ben-Hur que
baje solo, porque sé que mi madre se pudre ahí
abajo y no deseo que salga.
La muchacha nueva
NINGUNO DE NOSOTROS quería que viniera la muchacha
nueva. Todas son iguales. Todas nos cuentan historias
espeluznantes cuando papá y mamá salen.
Todas nos clavan los alfileres del miedo en los ojos
desvelados.
Luzmila decía que sus amigas del orfelinato eran
malísimas. A una la abofeteó el diablo,
a otra la perseguían almas en pena y hasta hubo
alguna que no podía comulgar porque la hostia
se le incendiaba antes de recibirla. Nosotros rezamos
para que la botaran y entonces vino Juvencia. Juvencia
había nacido en las montañas, donde las
brujas roban a los niños para hervirlos en ollas
negras y donde hay fantasmas que provocan vómitos
de sangre a quienes rozan con sus cuerpos de telarañas.
A Juvencia la acusamos y así llegó la
Guillermina. Guillermina era mala porque desenterraba
muertos para robarles los dientes y preparar sus venenos.
En su cajón tenía los muñecos de
todos nosotros para ahorcarnos en cualquier momento
y una noche la vimos invocar al diablo con una calavera.
Mamá nunca supo cómo desapareció
y a nosotros nos daba miedo decirle la verdad.
Esta noche nos quedaremos solos y la muchacha nueva
nos ha amenazado con sus historias, pero no la vamos
a escuchar. Todavía tenemos la calavera y le
pediremos al diablo que también se la lleve.
La
silla eléctrica
CUANDO ME COMUNICARON la fecha funesta se apoderó
de mí la angustia de los sentenciados, y desde
entonces sólo pienso en el dolor, el ruido y
la luz. Si el trámite fuera indoloro miraría
desafiante a mi verdugo, pero el pánico me paralizará
cuando contemple la obscena exhibición de sus
instrumentos de tortura. Por eso debo conservar la escasa
dignidad que me queda, porque no quiero que los demás
condenados se consuelen con mi cobardía. ¿Qué
importa lo que ocurra una vez que me siente en la silla
maldita? Podré llorar, podré maldecir
y hasta cagarme en la silla de los cojones, porque esos
matarifes son muy escrupulosos con la limpieza. Pero
en el corredor de la muerte no puedo permitirme ser
débil, ya que aunque nos miremos distantes de
reojo, por dentro todos pensamos en el dolor, el ruido
y la luz. Tengo miedo, quiero huir y hago secretos propósitos
de enmienda, pero todo es inútil porque dentro
de un año estaré de nuevo aquí:
en la consulta del dentista.
El cuarto oscuro
HACE POCO TUVE una pesadilla terrible. Soñé
que la madre Dolores me ponía unas cuentas larguísimas
que nunca me salían. Sumaba una columna y me
olvidaba cuánto llevaba, y tenía que empezar
de nuevo y los ojos de la madre Dolores se ponían
rojos como los de los monstruos de los dibujos. Como
me puse a llorar la madre me cogió de las orejas
y con su carcajada de bruja me encerró en el
cuarto oscuro hasta el día siguiente.
Mi esposa no me cree y quiere saber dónde estuve
toda la noche.
Cariño
artificial
YO NO SOY esa persona de la que hablan. Siempre fui
amable, sufrida, cariñosa. Es cierto que a veces
me entraban unos como ataques de egoísmo, pero
han sido tantos años atendiéndolos, cocinándoles,
cuidando a sus hijos como los cuidé a ellos.
No. No es justo que ahora digan esas cosas tan horribles
de mí. Si al menos pudiera llorar.
Y lo peor no es haber descubierto lo que piensan en
realidad. Lo peor es tener que oírlo todos los
días. ¿Si no me quieren por qué
vienen a verme? Yo era feliz cuando mentían.
Cuando decían que me querían.
Yo no soy esa persona de la que hablan. Sólo
soy una maleza insomne de mangueras. Un animal erizado
de tubos. Una momia insepulta que desprecia sus entrañas.
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