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BELLEZAS AL AGUA
  “Todo esto configura, reflexionó,
alguna crueldad y mucha grosería del alma”.

Adolfo Bioy Casares, La sierva ajena.

El azar es cruel y nos embroma, nos obliga a presenciar acontecimientos a los que, de buena gana, hubiéramos renunciado, nos convierte en testigos remolones o impotentes de monstruosidades que más tarde el olvido o la mala conciencia cubren de tierra y envuelven con una pátina de irrealidad. Durante más de cuarenta años, me he esforzado por evitar estas jugarretas del azar, tomando mil precauciones, aun a costa de llevar una existencia que siempre excluyó el júbilo y el menor atisbo de improvisación. Ilustración de Antonio Ortega Esta actitud de vigilancia constante se reveló, sin embargo, inútil, ya que, en fechas recientes, hube de consentir con pasividad la perpetración de un doble crimen, lo cual, en cierto modo, me convierte en cómplice. Quizá las presentes líneas no obedezcan a otro motivo que el de aliviar mis remordimientos y descargar el peso de la culpabilidad sobre el azar, esa categoría difusa y omnipresente.
Jamás hubiese viajado al balneario de Melchinar de no haber sido porque Ovidio Vidal, uno de mis contertulios, me incitó a ello. Me hallaba yo por entonces escribiendo los últimos capítulos de mi ensayo sobre el gregarismo y las conductas atávicas en las modernas sociedades occidentales, que pensaba titular La tragedia del comparsa, y aún no había logrado introducirme en uno de estos grupos tribales sobre los que versaba mi estudio, inconveniente que me impedía insuflar cierta experiencia vital a las tediosas páginas de lo que ya se perfilaba como un tratado de sociología plúmbea. Expuse mis preocupaciones en la tertulia vespertina a la que diariamente asisto en el Club de Célibes de nuestra ciudad, al calor de un té con pastitas. Ovidio Vidal, un hombre de pasado aventurero y trotamundos, me lanzó aquel consejo aciago:
-No lo dude, amigo, vaya al balneario.
Me extrañó su propuesta, pues había oído rumores de que el balneario de Melchinar había perdido gran parte de su clientela, en beneficio de otros parajes más lúdicos, con playa, casino y campos de golf. Chasqueé la lengua y expresé mis reparos.
-Esos rumores son ciertos -me atajó Ovidio-. Pero es precisamente ahora, que el balneario se ha quedado vacío, cuando podrá estudiar las conductas tribales. Hay un grupo de gordos que, aprovechando la soledad del lugar, ocupa la piscina del Hotel Hermes, con el consiguiente jolgorio y chapoteo. Imagínese el panorama, con la piscina para ellos solitos...
Comencé a considerar la piscina del Hotel Hermes como un excelente campo de trabajo para mi ensayo La tragedia del comparsa. Ovidio Vidal derrumbó el baluarte de mis reticencias al asegurarme que lo del grupo de gordos era de buena tinta: un pariente suyo que trabajaba de conserje en el Hotel se lo había confiado, aun a riesgo de su propia vida.
-Al parecer, los jodidos gordos han untado al personal del Hotel para que ningún extraño comparta con ellos la piscina. Los gordos han comprado su dicha; quieren vivir en un paraíso de obesidad sin que ningún flacucho de mierda los interfiera.
A mi mente acudió entonces una imagen entrañable: decenas, cientos de gordos, abarrotando la piscina del Hotel Hermes, procedentes de los puntos geográficos más dispares, reunidos en adiposo conciliábulo. Para un estudioso de las conductas gregarias, no cabía mejor regalo. Decidí acudir a Melchinar, desafiando la prohibición de sus muy hostiles colonizadores.
-Una última advertencia -me previno Ovidio Vidal, cuando ya me disponía a abandonar la tertulia para iniciar los preparativos-. Engorde un poquito, si quiere pasar desapercibido. De lo contrario, aténgase a las consecuencias.
Asentí, un tanto amedrentado. En lo que restaba de semana, comí con una voracidad porcina y me abstuve de hacer deporte (lo cual no constituyó un sacrificio excesivo), hasta lograr una panza considerable y unos mofletes sonrosados y carnosos. Me sentí como el camaleón, que disfraza su piel del color que más le conviene para confundirse con el follaje.
El Hotel Hermes posee una piscina que, sin ser de dimensiones olímpicas, satisface las necesidades de cualquier forofo del chapuzón y el esparcimiento. Además de un aljibe para los niños, la piscina cuenta con un trampolín, duchas, vestuarios y un jardín con no demasiadas sombras sobre el que se desparraman, estratégicamente situadas, algunas tumbonas. Apenas ocupé una de ellas, surgió de entre los arbustos el jardinero, un hombrecillo enteco y pusilánime, de mirada huidiza y nariz corva; andaba de puntillas y a pequeños saltos, como si estuviese ensayando un número de ballet.
-Es por los gordos, ¿sabe? -se excusó-. Como estoy tan delgado, se descojonan de mí en cuanto me ven aparecer.
El testimonio del jardinero sirvió para confirmarme en la idea de que los miembros de tribus y clanes se escudan en la masa para exhibir un arrojo impostado. Gasté las horas de la mañana al cobijo de un sauce llorón, tomando notas en una libreta y preparando la grabadora para cuando llegaran los gordos. No lo hicieron hasta después de la comida: me había quedado algo traspuesto, de modo que me perdí parte del encanto de su entrada triunfal. La tribu de los gordos penetró en el jardín sin respetar el sendero de grava, pisoteando los macizos de tulipanes y arrojando colillas al suelo (los gordos consumían invariablemente habanos, jamás los sorprendí fumando cigarrillos). Encabezaban el desfile, como en una apoteosis de la carne, las mujeres, despreocupadas y en actitud desafiante, intercambiando carcajadas con el consiguiente tembleque de sus papadas; a la zaga iban los hombres, muy atareados entre los habanos, las toallas y las fiambreras, y la prole de gorditos que se arañaban y peleaban y revolcaban por el suelo como escarabajos peloteros. Con asombro, con incredulidad, con entusiasmo, comprendí que la tribu de los gordos se regía según criterios matriarcales: a diferencia de lo que ocurre en nuestras sociedades machistas, allí eran los varones quienes ejercían las funciones domésticas de porteador y niñera, dejando para las mujeres la labor de elegir asentamiento. Justamente aquí chocaron mis intereses con los de la tribu: las gordas, al ver a un intruso tumbado a la sombra del sauce llorón, interrumpieron sus cotilleos y risotadas, se agruparon en una figura que me recordó la mêlée del rugby, y, tras lanzar severos gruñidos, decidieron aprovechar una depresión del terreno, al lado de un seto de boj, para instalar su campamento.Ilustración de Antonio Ortega
A los gruñidos se añadieron más tarde miradas furibundas y alguna que otra invectiva. Especialmente molesto les resultó que manipulara una grabadora y que tomase notas en mi libreta: se sentían espiados, sorprendidos en su intimidad, y esto, sin duda, los desasosegaba. En más de una ocasión, intenté acercarme a ellos con ánimo de confraternizar (no olvidaba arquear la espalda, para exagerar las proporciones de mi vientre), pero ellos me contemplaban como a un advenedizo cuya gordura era fruto de una comilona, más que de una profesión de fe. Esta actitud difidente y ciertas reacciones beligerantes (como por ejemplo la de aquella gorda de las verrugas, que a mi saludo respondió con un sonoro regüeldo) me bastaron para renunciar a cualquier intento de

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