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“Todo esto configura, reflexionó,
alguna crueldad y mucha grosería del alma”.
Adolfo Bioy Casares, La sierva ajena. |
El azar es cruel y nos embroma, nos obliga a presenciar acontecimientos
a los que, de buena gana, hubiéramos renunciado, nos
convierte en testigos remolones o impotentes de monstruosidades
que más tarde el olvido o la mala conciencia cubren
de tierra y envuelven con una pátina de irrealidad.
Durante más de cuarenta años, me he esforzado
por evitar estas jugarretas del azar, tomando mil precauciones,
aun a costa de llevar una existencia que siempre excluyó
el júbilo y el menor atisbo de improvisación.
Esta actitud de vigilancia constante se reveló, sin
embargo, inútil, ya que, en fechas recientes, hube
de consentir con pasividad la perpetración de un doble
crimen, lo cual, en cierto modo, me convierte en cómplice.
Quizá las presentes líneas no obedezcan a otro
motivo que el de aliviar mis remordimientos y descargar el
peso de la culpabilidad sobre el azar, esa categoría
difusa y omnipresente.
Jamás hubiese viajado al balneario de Melchinar de
no haber sido porque Ovidio Vidal, uno de mis contertulios,
me incitó a ello. Me hallaba yo por entonces escribiendo
los últimos capítulos de mi ensayo sobre el
gregarismo y las conductas atávicas en las modernas
sociedades occidentales, que pensaba titular La tragedia
del comparsa, y aún no había logrado introducirme
en uno de estos grupos tribales sobre los que versaba mi estudio,
inconveniente que me impedía insuflar cierta experiencia
vital a las tediosas páginas de lo que ya se perfilaba
como un tratado de sociología plúmbea. Expuse
mis preocupaciones en la tertulia vespertina a la que diariamente
asisto en el Club de Célibes de nuestra ciudad, al
calor de un té con pastitas. Ovidio Vidal, un hombre
de pasado aventurero y trotamundos, me lanzó aquel
consejo aciago:
-No lo dude, amigo, vaya al balneario.
Me extrañó su propuesta, pues había oído
rumores de que el balneario de Melchinar había perdido
gran parte de su clientela, en beneficio de otros parajes
más lúdicos, con playa, casino y campos de golf.
Chasqueé la lengua y expresé mis reparos.
-Esos rumores son ciertos -me atajó Ovidio-. Pero es
precisamente ahora, que el balneario se ha quedado vacío,
cuando podrá estudiar las conductas tribales. Hay un
grupo de gordos que, aprovechando la soledad del lugar, ocupa
la piscina del Hotel Hermes, con el consiguiente jolgorio
y chapoteo. Imagínese el panorama, con la piscina para
ellos solitos...
Comencé a considerar la piscina del Hotel Hermes como
un excelente campo de trabajo para mi ensayo La tragedia
del comparsa. Ovidio Vidal derrumbó el baluarte
de mis reticencias al asegurarme que lo del grupo de gordos
era de buena tinta: un pariente suyo que trabajaba de conserje
en el Hotel se lo había confiado, aun a riesgo de su
propia vida.
-Al parecer, los jodidos gordos han untado al personal del
Hotel para que ningún extraño comparta con ellos
la piscina. Los gordos han comprado su dicha; quieren vivir
en un paraíso de obesidad sin que ningún flacucho
de mierda los interfiera.
A mi mente acudió entonces una imagen entrañable:
decenas, cientos de gordos, abarrotando la piscina del Hotel
Hermes, procedentes de los puntos geográficos más
dispares, reunidos en adiposo conciliábulo. Para un
estudioso de las conductas gregarias, no cabía mejor
regalo. Decidí acudir a Melchinar, desafiando la prohibición
de sus muy hostiles colonizadores.
-Una última advertencia -me previno Ovidio Vidal, cuando
ya me disponía a abandonar la tertulia para iniciar
los preparativos-. Engorde un poquito, si quiere pasar desapercibido.
De lo contrario, aténgase a las consecuencias.
Asentí, un tanto amedrentado. En lo que restaba de
semana, comí con una voracidad porcina y me abstuve
de hacer deporte (lo cual no constituyó un sacrificio
excesivo), hasta lograr una panza considerable y unos mofletes
sonrosados y carnosos. Me sentí como el camaleón,
que disfraza su piel del color que más le conviene
para confundirse con el follaje.
El Hotel Hermes posee una piscina que, sin ser de dimensiones
olímpicas, satisface las necesidades de cualquier forofo
del chapuzón y el esparcimiento. Además de un
aljibe para los niños, la piscina cuenta con un trampolín,
duchas, vestuarios y un jardín con no demasiadas sombras
sobre el que se desparraman, estratégicamente situadas,
algunas tumbonas. Apenas ocupé una de ellas, surgió
de entre los arbustos el jardinero, un hombrecillo enteco
y pusilánime, de mirada huidiza y nariz corva; andaba
de puntillas y a pequeños saltos, como si estuviese
ensayando un número de ballet.
-Es por los gordos, ¿sabe? -se excusó-. Como
estoy tan delgado, se descojonan de mí en cuanto me
ven aparecer.
El testimonio del jardinero sirvió para confirmarme
en la idea de que los miembros de tribus y clanes se escudan
en la masa para exhibir un arrojo impostado. Gasté
las horas de la mañana al cobijo de un sauce llorón,
tomando notas en una libreta y preparando la grabadora para
cuando llegaran los gordos. No lo hicieron hasta después
de la comida: me había quedado algo traspuesto, de
modo que me perdí parte del encanto de su entrada triunfal.
La tribu de los gordos penetró en el jardín
sin respetar el sendero de grava, pisoteando los macizos de
tulipanes y arrojando colillas al suelo (los gordos consumían
invariablemente habanos, jamás los sorprendí
fumando cigarrillos). Encabezaban el desfile, como en una
apoteosis de la carne, las mujeres, despreocupadas y en actitud
desafiante, intercambiando carcajadas con el consiguiente
tembleque de sus papadas; a la zaga iban los hombres, muy
atareados entre los habanos, las toallas y las fiambreras,
y la prole de gorditos que se arañaban y peleaban y
revolcaban por el suelo como escarabajos peloteros. Con asombro,
con incredulidad, con entusiasmo, comprendí que la
tribu de los gordos se regía según criterios
matriarcales: a diferencia de lo que ocurre en nuestras sociedades
machistas, allí eran los varones quienes ejercían
las funciones domésticas de porteador y niñera,
dejando para las mujeres la labor de elegir asentamiento.
Justamente aquí chocaron mis intereses con los de la
tribu: las gordas, al ver a un intruso tumbado a la sombra
del sauce llorón, interrumpieron sus cotilleos y risotadas,
se agruparon en una figura que me recordó la mêlée
del rugby, y, tras lanzar severos gruñidos, decidieron
aprovechar una depresión del terreno, al lado de un
seto de boj, para instalar su campamento.
A los gruñidos se añadieron más tarde
miradas furibundas y alguna que otra invectiva. Especialmente
molesto les resultó que manipulara una grabadora y
que tomase notas en mi libreta: se sentían espiados,
sorprendidos en su intimidad, y esto, sin duda, los desasosegaba.
En más de una ocasión, intenté acercarme
a ellos con ánimo de confraternizar (no olvidaba arquear
la espalda, para exagerar las proporciones de mi vientre),
pero ellos me contemplaban como a un advenedizo cuya gordura
era fruto de una comilona, más que de una profesión
de fe. Esta actitud difidente y ciertas reacciones beligerantes
(como por ejemplo la de aquella gorda de las verrugas, que
a mi saludo respondió con un sonoro regüeldo)
me bastaron para renunciar a cualquier intento de
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