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CANFRANC-MADRID

Ilustración de Aurelio Lorenzo PérezLo voy a decir desde el principio: mi padre mató a un tipo. Así son las cosas. Le pegó un tiro en la cabeza con una pistola Astra. Una pistola de esas de la policía. Aunque la pistola no le había llegado de la policía; se la había ganado a un oficial de la Base Americana. Un americano al que le gustaba jugar a las cartas. A cualquier juego de cartas: póker, black jack... También a los montones. Los montones es un juego muy sencillo. Quizá el más sencillo. Se coge una baraja y se cortan del mazo tantos montones de cartas como jugadores. Cada jugador coloca su apuesta encima de uno de los montones. Gana la carta más alta. Es un juego sencillo. El americano puso la pistola Astra encima de un montón y mi padre en otro y otros jugadores en otros y mi padre sacó la carta más alta, un as de oros, y el oficial americano un siete de copas y los otros jugadores cartas más bajas y mi padre ganó la pistola. No necesitaba una pistola. Se ganaba la vida jugando a las cartas, pero nunca había necesitado una pistola. Desde el día que ganó la pistola al oficial americano la necesitó. La pistola. El oficial americano estaba loco y se había quedado sin pistola y estaba loco.

Mi padre le tuvo que poner la pistola en el pecho al oficial americano para que el oficial americano se tranquilizara. Necesitaba dinero el oficial americano. Mi padre le prestó dinero y la desesperación del americano fue en aumento. También su locura. No dejaba en paz a mi padre y fue cuando mi padre le puso la pistola en el pecho. El oficial americano volvió a América, a Dakota o a Ohio, por ahí. El oficial americano le dejó una deuda a mi padre y una pistola. Una deuda grande y una pistola Astra. Una pistola con la que luego mató a un tipo. Así son las cosas, a veces.

La partida era en un tren. Un tren nocturno de esos que va de Barcelona a La Coruña o de Cádiz a Madrid. Un tren nocturno. Todo era sencillo. Quiero decir que se junta como por casualidad la gente. Unos suben en un sitio y otros en otro y se encuentran como por casualidad y empiezan una partida de cartas por casualidad y se juegan la vida por casualidad, casi. Era una partida de dinero, de mucho dinero, de esas partidas que no conviene que la policía conozca. La policía persigue las partidas ilegales, el juego ilegal. Hay que inventar situaciones. Hay mucha gente con la lengua larga. Ya lo aprendí. La partida era en un tren que Ilustración de Aurelio Lorenzo Pérezsalía de Canfranc y llegaba a Madrid. Un viaje de nueve o diez horas. Canfranc está en la frontera con Francia. Madrid está en Madrid. La partida fuerte empezaba en Zaragoza, donde subía gente que había venido de Bilbao, de Barcelona y también de Madrid. Desde Canfranc, venían jugando para hacer mano dos o tres jugadores profesionales. Mi padre era jugador profesional y se montó en Canfranc. Los jugadores profesionales piden dinero prestado para jugar estas partidas o juegan por alguien que es quien pone el dinero. Mi padre jugaba con dinero que había pedido prestado. Esto quiere decir que mi padre no podía perder. Mi padre llevaba la pistola Astra en la americana. Todo esto me lo ha contado mi padre. Quiero decir que no hay razón para que mi padre me haya mentido. Mi padre, esto también lo dice mi padre, sólo ha mentido una vez: cuando le dijo a mi madre que la amaría y la respetaría y la cuidaría en la salud y en la enfermedad todos los días de su vida hasta que la muerte los separase. Creo a mi padre. Esa vez mintió y, aunque fuera la única, lo hizo a lo grande. Pero está lo de la partida en el tren, cuando mi padre mató a un tipo. La partida comenzaba en Zaragoza y estaban en un coche cama. Había seis personas o siete en el coche cama. Dos jugadores profesionales, uno era mi padre, y cuatro jugadores de dinero. Lo que quieren los jugadores profesionales es llevarse el dinero de los jugadores de dinero. Ese es el asunto. Una partida de cartas en un tren. Todo esto parece una película, pero mi padre me lo contó así. Me lo contó en un locutorio de la cárcel de Torrero. Un locutorio es un mundo dividido en dos, o mejor dos mundos. El mundo de dentro y el mundo de fuera. Mi padre estaba en el mundo de dentro y yo estaba en el mundo de fuera. En el mundo de dentro sólo hay hombres. Allí me contó la historia. No hay razón para que mintiera mi padre. Era como una película y había dinero y mi padre tenía una pistola Astra que le había ganado en una partida de montones a un oficial americano, de Dakota o de Kansas, no sé. Mi padre tampoco lo sabía, creo. Se puede pensar que la partida del tren era al póker, por lo de la película, pero la partida era al siete, un juego como el black jack, más o menos. Consiste en sacar un siete y medio, eso lo sabe todo el mundo. Un juego idiota. Cuanto más idiota es el juego más difícil es jugar dinero, mucho dinero, sin que se te ponga cara de imbécil. Las cartas están en la cara. Hay gente que tiene una cara que son sus naipes.
Ilustración de Aurelio Lorenzo Pérez
Estamos en la partida y en un tren que va desde la frontera con Francia, de una estación que es ahora como un buque fantasma, pero rodeado de montañas en vez de mar, hasta Madrid. Los jugadores se suben en la frontera y se suben en Zaragoza y empieza la partida, que dura cuatro o cinco horas. Mi padre es jugador profesional y lleva una pistola. Hay otros cinco jugadores. Juegan al siete. Las partidas son rápidas. Se apuesta sobre las cartas que vas a sacar y también se apuesta conforme avanza la partida. Un locutorio es un sitio muy sucio, con un cristal muy grueso y muy sucio en el centro, es como dos cabinas de teléfono unidas, es como las películas pero muy sucio. En un locutorio se pegan las manos al cristal, el de dentro pone la mano y el de fuera pone la mano y las juntan y el cristal parece que no existe. Mi padre me dijo tres o cuatro cosas en los locutorios. Me dijo que se había hecho un tatuaje en la espalda que ponía “amor de padre hélice”.

Hélice soy yo. Me llamaba Hélice porque de pequeño me gustaban mucho los helicópteros. Mi padre siempre me regalaba helicópteros. También me dijo que cuando saliera de la cárcel pensaba comprar una baraja nueva. Luego era todo de la cárcel, cosas de la cárcel, la comida de la cárcel, la ropa de la cárcel, el patio de la cárcel, las duchas de la cárcel, la gente de la cárcel, los carceleros de la cárcel, cosas de la cárcel, cosas que a nadie interesan. Salvo si hay muertos. Los muertos interesan. A mí me interesan. Los muertos.

Ilustración de Aurelio Lorenzo PérezEl tipo al que mató mi padre se llamaba Sebastián. Tenía nombre de rey portugués y era portugués. Tenía mucho dinero. Lo había ganado en las carreras de perros. Sebastián ganaba el dinero con los perros y lo gastaba con las cartas. Le gustaba jugar a la cartas. Y le gustaba ganar. No solía ganar. Se enfadaba Sebastián. Mi padre había jugado una partida con él en Ginebra. Ginebra había sido un sitio donde se podía jugar. Suiza era un país tranquilo. Se podía jugar sin problemas. Hablo de antes de que muriera Franco. Hablo de los años en que era un niño. Cuando mi padre era un héroe. Cuando incluso mi madre pensaba que mi padre era un héroe. Luego, enseguida, ya no lo pensó. Pero entonces, sí. Sebastián y mi padre se habían conocido en Suiza y ya entonces las cosas no habían ido bien. Puede que tuvieran algún negocio juntos, quizá. No se habían vuelto a ver hasta la noche del tren. Mi padre pensaba que Sebastián era un hijo de puta. En el locutorio, mi padre me dijo “Sebastián era un hijo de puta. No valía lo que valía la bala que le mató”. Esta historia es de días de locutorio. Por eso puedo saber lo de Sebastián y lo del tren y otros detalles. Las comunicaciones en el locutorio duran días, se interrumpen y vuelven, y vuelven y se interrumpen. Todo depende de la condena. Mi padre tenía una condena suficientemente larga y una historia muy corta. Después de Ginebra no se habían visto. Sebastián se dedicó a los perros y mi padre a las cartas. Pasaron diez años hasta la partida en el tren, cuando mi padre tenía una pistola en su americana que había ganado a un oficial americano jugando a los montones, el juego de cartas más sencillo.

La partida iba bien. Quiero decir que ganaba uno y ganaba otro y ganaba otro más. El dinero fluía. No había nadie que ganara por encima de los demás. Estaban tanteando. Mi padre ganaba y perdía y a veces se dejaba ganar. Lo más difícil del juego, creo, es saber dejarse ganar sin que se note. Iba todo tan tranquilo que decidieron subir la apuesta inicial y subir también las apuestas de ronda. Mi padre empezó a ganar. El siete es un juego de carta tapada pero mucho más rápido que el póker. Mi padre tenía una noche que iba con la música del tren. Tengo que decir que en esas partidas no se puede beber, no como en las películas. En esta partida que había salido de la frontera con Francia no había alcohol, así se evitaban los problemas. Sólo había naipes y dinero. También tabaco. Mi padre ganaba y Sebastián perdía. El tren se detuvo en una estación. Una larga parada. Una parada en la que jugaron quince manos. Estaban a mitad de trayecto y Sebastián había perdido todo su dinero y las ganancias de un año de uno de sus perros. Su mejor perro. Un perro que se llamaba Azúcar y era completamente blanco. Un galgo que ganaba todas las carreras. Era un tiempo en que se abrieron muchos canódromos. Había muchas carreras, y las apuestas legales encubrían las apuestas ilegales. Azúcar era un perro muy dulce. El tren no seguía su camino. Había un problema con el tendido eléctrico. Sebastián tuvo que salir de la partida y amenazó a mi padre. Esas cosas: eres un tramposo, siempre has sido un tramposo, un mentiroso, ya lo eras en Ginebra, juegas con cartas marcadas... todo esto con un acento portugués muy pronunciado. Entonces, mi padre, sin alterarse, como el que corta la baraja antes de repartir las cartas, sacó la pistola Astra de la americana, la que le había ganado al oficial americano jugando a los montones, y disparó sobre Ilustración de Aurelio Lorenzo PérezSebastián. Lo demás lo imaginan: la detención, el juicio, la cárcel y las mañanas de locutorio en que me cuenta historias. Ahora mi padre está a punto de salir de la cárcel y Sebastián sigue muerto, allá en Portugal, no sé si junto a su perro Azúcar, aunque estaría bien. Un par de hijos de perra.


 

 

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