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El hecho de que en 1561 Madrid se convirtiera en sede de la Corte no solo significaba que iba a ser el lugar de residencia del rey y su familia, sino que además, implicaba la llegada de los aparatos centrales del Estado de los Austrias.
Esta nueva realidad incidió tremendamente en el crecimiento de la población. Cuando Felipe II llegó a Madrid le acompañaba un nutrido grupo de servidores de la Casa Real, los soldados de las guardias reales, el personal de los consejos, tribunales, y otros órganos de gobierno, los prelados y aristócratas, los embajadores extranjeros y un selecto grupo de banqueros y proveedores de la Corona. Este séquito de alrededor de 3.000 personas se amplió a 20.000 con la llegada a Madrid de sus familiares y criados, con lo que prácticamente en apenas unos meses se duplicó la población de la villa, y eso que muchos funcionarios tuvieron que ser instalados en la vecina ciudad de Alcalá de Henares.
Pocos años después, la Corte se había convertido en un centro de atracción para la población, los recursos y las rentas del interior peninsular. Así, si en 1561 la villa tenía unos 12.700 habitantes, diez años después pasaba los 42.000 habitantes; en 1584 llegaba a 55.000, y en 1597 rondaba los 90.000. Es decir, en apenas 40 años la población madrileña se había multiplicado por cuatro veces y media, rebasando con creces la tasa de crecimiento anual del resto de las ciudades castellanas, y convirtiéndose en una de las 20 ciudades más populosas de Europa.
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