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CALICLES - Por los dioses, estoy deseando hacerlo. Dime, Sócrates,
¿debemos pensar que hablas en serio o que bromeas? Pues si hablas
en serio y es realmente verdadero lo que dices, ¿no es cierto que
nuestra vida, la de los humanos, estaría trastrocada y que, según
parece, hacemos todo lo contrario de lo que debemos? (...)
En efecto, por naturaleza es más feo todo lo que es más
desventajoso, por ejemplo, sufrir injusticia; pero por ley es más
feo cometerla. Pues ni siquiera esta desgracia, sufrir la injusticia,
es propia de un hombre, sino de algún esclavo para quien es preferible
morir a seguir viviendo y quien, aunque reciba un daño y sea ultrajado,
no es capaz de defenderse a sí mismo ni a otro por el que se interese.
Pero, según mi parecer, los que establecen las leyes son los débiles
y la multitud. En efecto, mirando a sí mismos y a su propia utilidad
establecen las leyes, disponen las alabanzas y determinan las censuras.
Tratando de atemorizar a los hombres más fuertes y a los capaces
de poseer mucho, para que no tengan más que ellos, dicen que adquirir
mucho es feo e injusto, y que eso es cometer injusticia: tratar de poseer
más que los otros. En efecto, se sienten satisfechos, según
creo, con poseer lo mismo siendo inferiores.
Por esta razón, con arreglo a la ley se dice que es injusto
y vergonzoso tratar de poseer más que la mayoría
y a esto llaman cometer injusticia. Pero, según yo creo,
la naturaleza misma demuestra que es justo que el fuerte tenga
más que el débil y el poderoso más que el
que no lo es. Y lo demuestra que es así en todas partes,
tanto en los animales como en todas las ciudades y razas humanas,
el hecho de que de este modo se juzga lo justo: que el fuerte
domine al débil y posea más. En efecto, ¿en
qué clase de justicia se fundó Jerjes para hacer
la guerra a Grecia, o su padre a los escitas, e igualmente, otros
infinitos casos que se podrían citar? Sin embargo, a mi
juicio, estos obran con arreglo a la naturaleza de lo justo, y
también, por Zeus, con arreglo a la ley de la naturaleza.
Sin duda, no con arreglo a esta ley que nosotros establecemos,
por la que modelamos a los mejores y más fuertes de nosotros,
tomándolos desde pequeños, como a leones, y por
medio de encantos y hechizos los esclavizamos, diciéndoles
que es preciso poseer lo mismo que los demás y que esto
es lo bello y lo justo. (...)
Así pues, ésta es la verdad y lo reconocerás si te diriges a cosas de mayor
importancia, dejando ya la filosofía. Ciertamente, Sócrates, la filosofía tiene
su encanto si se toma moderadamente en la juventud; pero si se insiste en ella
más de lo conveniente es la perdición de los hombres. Por bien dotada que esté
una persona, si sigue filosofando después de la juventud, necesariamente se hace
inexperta de todo lo que es preciso que conozca el que tiene el propósito de ser
un hombre esclarecido y bien considerado. En efecto, llegan a desconocer las
leyes que rigen la ciudad, las palabras que se deben usar para tratar con los
hombres en las relaciones privadas y públicas y los placeres y pasiones humanos;
en una palabra, ignoran totalmente las costumbres. Así pues, cuando se
encuentran en un negocio privado o público, resultan ridículos (...)
Pero, amigo, hazme caso: cesa de argumentar, cultiva el buen concierto
de los negocios y cultívalo en lo que te dé reputación
de hombre sensato; deja a otros esas ingeniosidades, que, más bien,
es preciso llamar insulseces o charlatanerías, por las que habitarás
en una casa vacía; imita, no a los que discuten esas pequeñeces,
sino a los que tienen riqueza, estimación y otros muchos bienes.
SÓCRATES - Pero ¿llamas tú a la misma persona
indistintamente mejor y más poderosa? Pues tampoco antes
pude entender qué decías realmente. ¿Acaso
llamas más poderosos a los más fuertes, y es preciso
que los débiles obedezcan al más fuerte, según
me parece que manifestabas al decir que las grandes ciudades atacan
a las pequeñas con arreglo a la ley de la naturaleza, porque
son más poderosas y más fuertes, convencido de que
son la misma cosa más poderoso, más fuerte y mejor,
o bien es posible ser mejor y, al mismo tiempo, menos poderoso
y más débil, o, por otra parte, ser más poderoso,
pero ser peor, o bien es la misma definición la de mejor
y más poderoso? Explícame con claridad esto. ¿Es
una misma cosa, o son cosas distintas más poderoso, mejor
y más fuerte?
CALICLES - Pues bien, te digo claramente que son la misma cosa.
SÓCRATES - ¿No es cierto que la multitud es, por naturaleza,
más poderosa que un solo hombre? Sin duda ella le impone las leyes,
como tú decías ahora.
CALICLES - ¿Cómo no?
SÓCRATES - Entonces las leyes de la multitud son las de los más
poderosos.
CALICLES -Sin duda.
SÓCRATES - ¿No son también las de los mejores? Pues
los más poderosos son, en cierto modo, los mejores, según
tú dices.
CALICLES - Sí.
SÓCRATES - ¿No son las leyes de éstos bellas por
naturaleza, puesto que son ellos más poderosos?
CALICLES - Sí.
SÓCRATES - Así pues, ¿no cree la multitud,
como tú decías ahora, que lo justo es conservar
la igualdad y que es más vergonzoso cometer injusticia
que recibirla? ¿Es así o no? Y procura no ser atrapado
aquí tú también por vergüenza. ¿Cree
o no cree la multitud que lo justo es conservar la igualdad y
no poseer uno más que los demás, y que es más
vergonzoso cometer injusticia que recibirla? No te niegues a contestarme
a esto, Calicles, a fin de que, si estás de acuerdo conmigo,
mi opinión quede respaldada ya por ti, puesto que la comparte
un hombre capaz de discernir.
CALICLES - Pues bien, la multitud piensa así.
SÓCRATES - Luego no sólo por ley es más vergonzoso
cometer injusticia que recibirla y se estima justo conservar la igualdad,
sino también por naturaleza. Por consiguiente, es muy posible que
no dijeras la verdad en tus anteriores palabras, ni que me acusaras con
razón, al decir que son cosas contrarias la ley y la naturaleza
y que, al conocer yo esta oposición, obro de mala fe en las conversaciones
y si alguien habla con arreglo a la naturaleza lo refiero
a la ley, y si habla con arreglo a la ley lo refiero a la naturaleza.
CALICLES - Este hombre no dejará de decir tonterías. Dime,
Sócrates, ¿no te avergüenzas a tu edad de andar a la
caza de palabras y de considerar como un hallazgo el que alguien se equivoque
en un vocablo?
Platón: Gorgias.
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