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Distintas
perspectivas
Cuando contemplamos
retrospectivamente el teatro que se produjo a lo largo de un período tan
prolongado como un siglo, lo hacemos necesariamente desde perspectivas
distintas. Es inevitable que lo consideremos desde nuestro propio gusto,
desde nuestras costumbres, desde nuestra mentalidad, pero, al tiempo,
es preciso reflexionar sobre el modo en que sus coetáneos recibieron un
teatro que, en ocasiones, se nos presenta como algo lejano, casi incomprensible.
Leemos desde nuestros ojos y desde las lecturas de otros, que han ido
configurando un canon, una escala de valores a la que, de un modo o de
otro, nos supeditamos. Pero, afortunadamente, esas lecturas tienden a
revisarse y, en consecuencia, a enriquecerse y a complicarse. Por eso
me parece útil volver una y otra vez sobre aquello que puede darse por
sabido, porque siempre tendremos ocasión de poner en tela de juicio algún
aspecto que hasta el momento nos resultara poco menos que indiscutible.
El siglo
XX podría considerarse como el siglo de la crisis del teatro, si tenemos
en cuenta la abundancia de críticas, manifiestos, comentarios y documentos
en los que parece ese término. Y esto sucede en todos los períodos en
que queramos dividir estos cien años, como si las circunstancias no cambiaran
o variara todo menos la consabida crisis. Y paradójicamente, hemos vivido
uno de los siglos más ricos y complejos teatralmente hablando, de la Historia
de España. La aparición y el desarrollo de la dirección de escena, las
polémicas intelectuales sobre la función y el valor del teatro, el trabajo
de grandes actores y actrices convertidos en ídolos o en referentes obligados
para ciertos sectores del público, la llegada de maestros y escuelas de
interpretación con el consiguiente debate sobre su efectividad, la discusión
sobre los modelos de gestión, programación y financiación del teatro,
el establecimiento de los Teatros Nacionales, etc., son algunos de los
caminos por los que ha transitado la complicada escena del siglo XX. A
estos hechos habría que añadir la incorporación a la escritura para el
teatro de algunos de los grandes dramaturgos de la Historia, sobre todo
Valle y Lorca, aunque tal vez pudieran añadirse otros nombres señeros,
y la extraordinaria variedad de las formas que la escritura teatral ha
adoptado a lo largo de estos cien años. Y ha de considerarse además la
importancia que socialmente adquirió el teatro durante largas etapas del
período que consideramos, aunque hoy haya perdido ese carácter de lugar
de encuentro. La crisis ciertamente ha existido, porque el teatro ha
resultado ser uno de los fenómenos culturales y humanos más sensibles
a la evolución social e histórica, y ha reaccionado siempre, positiva
o negativamente, ante los más leves estímulos. Y el siglo que acabamos
de dejar no ha sido precisamente tranquilo en cambios y acontecimientos
históricos.
La polémica
intelectual entre continuidad y ruptura ha sido recurrente también en
los momentos en los que parecía producirse un corte que alteraba de manera
radical las formas de vida y, consecuentemente, las maneras de hacer y
entender el teatro. Todavía hoy los críticos y estudiosos discuten sobre
la oportunidad de establecer o no determinadas etapas, y tal discusión
resulta siempre fecunda porque desvela aspectos que algunas actitudes
precipitadas dejaban ocultos. Sin embargo, me parece útil la división
que la crítica teatral plantea a partir de los períodos históricos, aunque
algunos autores tiendan hoy a discutirla, y aunque, obviamente, los cambios
de etapa no impidan, continuidades o relaciones. El comienzo del siglo
plantea profundos cambios respecto al teatro que se hacía a finales del
XIX. En los años veinte, el calor de las vanguardias provoca, si no el
cambio a una etapa distinta, sí la aparición de nuevos fenómenos teatrales,
tanto el terreno de la escritura como en el de la puesta en escena. La
guerra civil marca una línea divisoria que, si bien resulta permeable
en algunos de sus tramos, no por ello deja de ser radical y definidora
de modos distintos de ver las cosas del teatro y de la vida. Los últimos
años de la década de los cincuenta y los primeros sesenta marcan un punto
de inflexión con la presencia cada vez más abundante de un teatro fuertemente
crítico, aunque es difícil establecer un corte temporal preciso. Por último,
la muerte del Dictador y el comienzo del período democrático supone también
el inicio de una etapa diferente en el teatro español, una revisión de
los postulados estéticos y sociales anteriores, un cambio en la mentalidad
del público y una dirección y una escritura dramática nuevas.
Los
comienzos del siglo
Los años finales del siglo XIX y los primeros del XX aún conocen los
últimos estrenos de Echegaray y su ascenso al Olimpo de los Premios Nobel,
pero ya comienzan a soplar vientos nuevos en el teatro español. La estruendosa
oposición de los jóvenes intelectuales a la concesión de este honor al
viejo dramaturgo consagrado es uno de los síntomas del cambio de derroteros,
pero lo son aún más las tentativas, no siempre plenamente acertadass de
estos intelectuales que se incorporan a la vida pública. Benavente
es el primero y en cierto modo el único que obtiene el respaldo del medio
teatral, del público y de la crítica, al menos en un primer momento. A
lo largo de su dilatada carrera trabajarán con él las grandes actrices
-son mejores los papeles femeninos en su obra- del período: María Guerrero,
Lola Membrives, Margarita Xirgu, Rosario Pino, María Fernanda Ladrón de
Guevara, etc. Significativamente, la actitud de Benavente frente a Echegaray,
al que terminará por sustituir en su papel de maestro, es decir de dramaturgo
considerado como culto que logra además el éxito de público, es ambigua,
tal vez porque Benavente hiciera de la ambigüedad divisa de su escritura
teatral y de su vida misma. Si Benavente representa la antítesis de Echegaray
en cuanto que adopta un tono íntimo y conversacional frente a la grandilocuencia
decimonónica propia de éste, que tan falsa resultaba ya entonces, se
abstuvo de firmar el escrito contra la concesión del Nobel al autor de
El gran Galeoto, y se mostró muy esquivo a la hora de marcar distancias
con su teatro.
No es la única paradoja que podemos apreciar. El éxito clamoroso de la
Electra de Galdós con la que se abre el siglo -estamos en un período
dado a las manifestaciones ruidosas de gustos y disgustos- y el uso de
este título como cabecera de una publicación modernista choca, desde nuestra
perspectiva, con las características estéticas de una pieza de corte neorromántico,
incluida la aparición de un espectro en el desenlace, no menos efectista
que los dramas más truculentos de Echegaray, aunque la juventud intelectual
aplaudiera el alegato anticlerical que se vertía en la obra galdosiana.
Galdós estrena por aquellos años varias piezas teatrales, pero, pese al
interés reivindicativo mostrado por distintos estudiosos y críticos, la
obra teatral galdosiana apenas ha subido después a los escenarios, mientras
que, significativamente, han sido adaptadas y montadas varias de su novelas.
Pero pronto van apagándose estos ecos para dejar paso al lenguaje mordaz
y moralizante de don Jacinto, cuya concepción del ser humano y de la sociedad
española en particular oscilan entre un profundo escepticismo y una superficial
concesión idealizante a una espiritualidad del ser humano, que se manifiesta
en el amor, pero que suele adquirir tonos poco sinceros en muchas de
sus comedias. La brillantez de su estilo, la amplitud de su cultura, la
atención a lo que se hacía en otros países europeos y su dedicación profesional
y esmerada al teatro lo convirtieron en el dramaturgo que necesitaban
la burguesía y la aristocracia española, que lo encumbró hasta la concesión
del Nobel en 1922, pese a que ya entonces se habían extendido las críticas
frontales sobre la validez misma de su teatro, que comenzó formulando
Pérez de Ayala y que, en lo sustancial, podríamos suscribirlas todavía
hoy. La falta de acción de su teatro, la tendencia al escamoteo, la proporción
excesiva que toma el diálogo expositivo y la ausencia de verdadera conflictividad
impiden que sus comedias, con la excepción de ese notabilísimo ejercicio
de recuperación de la comedia del arte que es Los intereses creados
(1907) y de su más acertado drama rural, La malquerida (1913),
puedan interesarnos hoy. Los rasgos que inicialmente esbozaban una forma
moderna de escritura teatral, terminaron por convertirse en una fórmula
cada vez más vacía de sentido y de eficacia escénica. No obstante, es
preciso recordar que su presencia en los escenarios y su influencia directa
o indirecta sobre otros escritores y sobre el público determinó en gran
medida la situación del teatro español hasta bien entrada la década de
los sesenta.
El otro gran referente del público estuvo constituido por un teatro cómico
que se debatió durante la primera mitad del siglo entre el mantenimiento
de viejas formas y los empeños por renovarlas. Es bien sabido que ciertos
géneros y fórmulas de comicidad tienden a resistirse en los pliegues
más reaccionarios de la sociedad, aunque paradójicamente el verdadero
humor tienda a desempolvar y a poner patas arriba usos y costumbres. Hoy
nos puede llamar la atención el éxito arrollador del género chico y sus
fórmulas afines, que se prolonga, contra todo concepto de modernidad,
casi hasta el primer tercio del siglo. No les falta gracia a algunos de
los innumerables sainetes de época, pero hoy se nos muestran irremediablemente
envejecidos. Es curioso que de la pléyade de nombres que por entonces
cultivaban el género, sólo haya llegado realmente hasta nosotros el del
único que añadiera a esa dimensión cómica unas preocupaciones moralizantes
de cuño regeneracionista: Carlos Arniches, un escritor coetáneo de Benavente
y de Valle-Inclán, de talante bondadoso que cultiva un humor entrañable
con el propósito tan loable como ingenuo de mejorar pacíficamente una
sociedad cuyos graves problemas la arrastrarían a la guerra civil. Sin
embargo, su capacidad para entroncar con la fecunda vena tragicómica de
la cultura española, su dominio del lenguaje cómico y su capacidad para
crear situaciones teatrales plenas de humor, unidas a su deseo de influir
sobre la sociedad para la que escribe, nos ha dejado piezas que todavía
hoy podemos considerar estimables, pese a que acusen el paso del tiempo,
como son La señorita de Trevélez, ¡Que viene mi marido!
(1918), Los caciques (1920) o Es mi hombre (1921). Con muy
escaso interés leemos hoy las piezas de sus coetáneos o de los humoristas
de las generaciones más jóvenes, como García Álvarez, Antonio Paso, los
Quintero o Muñoz Seca, fuera de la recurrente parodia La venganza de
don Mendo (1918). La continuidad pudo sobre la renovación hasta tal
punto de que, décadas después, se estrellarían contra ese muro de conservadurismo
a ultranza comediógrafos renovadores como Jardiel o Mihura.
Menos aún nos interesan hoy las entonces abundantes manifestaciones de
un teatro poético en verso, cultivado al calor de la interpretación más
superficial y retórica del modernismo y también, tal vez, bajo el impulso
de la larga tradición áurea y romántica, entre cuyos representantes se
encontraban Marquina o Villaespesa. Pero de ese ambiente teatral emergieron
las algunas de las piezas iniciales de Valle y de Lorca. Y pese a su
interés histórico también han quedado olvidadas las numerosas tentativas
de cultivar un teatro de intención social en los círculos obreros o en
agrupaciones políticas, pero su existencia nos remite a una confianza
en el teatro como arma de transformación de la sociedad y también como
elemento integrador y solidario.
No conviene olvidar, sin embargo, las iniciativas, con frecuencia voluntaristas
y pocas veces acogidas por la sociedad de su tiempo y por el teatro de
la posteridad, que algunos intelectuales llevaron a cabo con el propósito
de transformar un panorama teatral que no les gustaba, como tantas veces
expresaron públicamente. Entre ellos, Unamuno, Gómez de la Serna, y, desde
luego, Valle-Inclán. Unamuno trató de plasmar en textos dramáticos sus
preocupaciones filosóficas, religiosas y vitales, fundamentalmente en
torno a la cuestión de la identidad, cuya índole, desde luego, debería
haber encontrado adecuado cauce expresivo en los escenarios, pero la contumaz
despreocupación unamuniana por la naturaleza teatral le condujo a escribir
unos textos excesivamente personales que con dificultad resisten la prueba
de las tablas, pese a lo sugestivo de sus planteamientos, de sus personajes
y de muchos momentos y aspectos. Sin embargo, no ha sido infrecuente que
directores de escena modernos -entre ellos José Luis Alonso- hayan recurrido,
con desigual fortuna, a textos unamunianos para construir espectáculos.
La crítica se ha mostrado también discrepante a la hora de valorar la
calidad de la escritura unamuniana para el teatro, pero, en mi opinión,
convendría no dar por definitivamente perdida su herencia dramática.
Gómez de la Serna escribió muy tempranamente algunos textos de corte simbolista
en los que es posible advertir afinidades con Maeterlinck o con Claudel.
En ellos se combinan elementos heterogéneos, como la exaltación de la
religiosidad y de la pureza, pero también la de la sexualidad, o la frecuente
fascinación, también simbolista, por el mal, todo ello en un lenguaje
que alterna lo exquisito con lo procaz y lo trascendente con lo irónico.
Son, desde luego textos curiosos, pero quizás insuficientemente elaborados
y excesivamente deudores de su época. Sin embargo, Emilio Hernández montó
con brillantez algunas de estas piezas para el CNNTE.
En el territorio estético del modernismo se forja también la escritura
teatral de Valle-Inclán, el mayor dramaturgo español desde el XVII, aunque
fuera de España todavía no haya recibido el reconocimiento que merece.
La riqueza extraordinaria de su obra, su radical originalidad y la belleza
de su lenguaje dramático han sido puestas de manifiesto por los mejores
especialistas y críticos de la literatura dramática contemporánea y cuenta
con excelentes estudios. Algunos han señalado incluso a Luces de bohemia
(1920-1924) como el mejor texto de la literatura dramática española. Tras
la indiferencia con que se acogieron sus estrenos en su tiempo, y tras
las negativas y los obstáculos que impidieron poner en escena algunos
de sus mejores y más arriesgados textos, su literatura dramática ha ido
ocupando progresivamente las tablas, sobre todo desde los años sesenta,
primero en los ámbitos universitarios, de Cámara e independientes, después
en Teatros privados y finalmente en los institucionales, sobre todo en
la década de los ochenta. Directores tan prestigiosos y de tan diferentes
conceptos teatrales como Juan Antonio Hormigón, César Oliva, José Tamayo,
José Luis Alonso, Lluis Pasqual, José Carlos Plaza, Mario Gas, José Luis
Gómez, Miguel Narros, Helena Pimenta, Manuel Guede, Eduardo Alonso, etc.,
han firmado espectáculos interesantes a partir de textos de Valle-Inclán.
El dramaturgo experimentó una profunda evolución a lo largo de su proceso
creador, en un recorrido que comienza bajo la influencia del simbolismo
y avanza hacia esa versión personal del expresionismo que es el esperpento,
lo que no impide, pese a que algunos estudios lo presenten de otra manera,
advertir en su obra no sólo la coherencia propia de todo gran escritor,
sino también la imposibilidad de establecer compartimentos estancos basados
en muy discutibles clasificaciones. Por encima de ellas destaca la presencia
de motivos recurrentes, cuyo origen ha de buscarse en la estética finisecular,
muy libremente reinterpretada. Entre ellos destacan el gusto por complejas
redes de símbolos, y la obsesiva presencia de la muerte y la fascinación
por el mal, cuyas posibilidades explora Valle con valentía y con originalidad.
La referencia continua a una religiosidad heterodoxa es patente en muchos
de sus textos, impregnados de pasión, de lujuria, de orgullo, de codicia,
de ira y de violencia, concebidas como manifestaciones terribles y hermosas
a la vez, del pecado, pero esa religiosidad puede advertirse también en
las reminiscencias diabólicas y cristológicas de muchos de sus personajes.
Incluso en algunas ocasiones sus protagonistas reúnen características
del diablo y de Cristo, como el don Juan Manuel de Montenegro de la Comedias
bárbaras, o, en cierto modo, el Max Estrella de Luces de bohemia.
Estos planteamientos no son incompatibles con el creciente interés por
el compromiso político que adquiere su obra dramática, hasta convertirse,
junto a Unamuno, en la voz disidente respecto a la dictadura de Primo
de Rivera, fundamentalmente en la trilogía de Martes de Carnaval.
Pero lejos cualquier tratamiento inmediato, mimético o previsible de
los temas y motivos, Valle presenta una mirada nueva, sugestiva y eficaz
desde el punto de vista ético y estético, como resultado no sólo de su
indudable talento sino de una admirable dedicación a su labor creadora
que se vierte en un lenguaje de incomparables resonancias.
De
la Dictadura a la República
Los años veinte y la primera mitad de los treinta, hasta la guerra civil,
conocen un período de efervescencia teatral. Es el momento de la plenitud
de Valle, quien, durante la década de los veinte, compone Luces de
bohemia, Divinas palabras, Farsa y licencia de la reina castiza, Cara
de plata, Retablo de la lujuria, la avaricia y la muerte, Martes de carnaval
o ¿Para cuando son las reclamaciones diplomáticas?, y estrena Ligazón,
La marquesa Rosalinda, Farsa y licencia de la reina castiza, La cabeza
del Bautista, Cuento de abril, El embrujado y Divinas palabras, e
incluso, durante la guerra y muerto el dramaturgo, Martes de carnaval,
si bien el eco de la mayor parte de aquellos estrenos fue escaso.
También durante los años veinte realiza Azorín sus tentativas teatrales,
cuyo ejemplo más significativo es la trilogía Lo invisible, pulcro
ejercicio de estilo sobre el modelo simbolista de Maeterlinck, a quien
había traducido al castellano, y sobre la omnipresencia de la muerte que
obsesionaba al escritor belga. Pero pese a que las piezas azorinianas
han conocido algunas puestas en escena, el escritor parece más dotado
para el cultivo de otros géneros.
Sin embargo, merecen recordarse las empresas teatrales que de un modo
o de otro afectaron a Azorín y a Valle-Inclán, y también a los Baroja,
a Rivas Cherif, a Martínez Romarate y a otros intelectuales españoles:
la creación de modestos Teatros de Cámara, como El Mirlo Blanco, El Cántaro
Roto, El Caracol o Fantasio, todos ellos emparentados entre sí, que, ciertamente,
llevaron una vida efímera y su proyección inmediata fue más bien discreta,
pero de cuya actividad germinaron fecundas iniciativas que influirían
sobre el desarrollo de la puesta en escena posterior. Tiempo después se
creó también el Club Anfistora, de Pura Maórtua, en el que colaboró activamente
Lorca. Los teatros de Cámara tendrán una continuidad durante la postguerra,
por ejemplo, el Teatro Nacional de Cámara y Ensayo, que dirigirá Modesto
Higueras, un miembro de la Barraca, o, en el ámbito privado, las iniciativas
de José Luis Alonso, o Dido, Pequeño Teatro, de Josefina Pedreño; la Carbonera,
de Piedad Salas, etc.
La dirección de escena contaba ya con el precedente de Adrià Gual en Cataluña
desde comienzos de siglo y con la labor que durante muchos años
desarrolló en el Eslava Gregorio Martínez Sierra y su proyecto de crear
un Teatro de Arte, que contó para la escenografía con algunos de los grandes
pintores de la época, como Fontanals y Barradas, entre otros, y que pretendió
siempre la calidad plástica de los montajes, el buen gusto y la distinción
en sus espectáculos. El fue quien se atrevió a mostrar la primera pieza
de un Lorca muy joven y recién llegado a Madrid, El maleficio de la
mariposa (1920), aunque el montaje se saldara con un estrepitoso fracaso.
Sin embargo, Lorca se afianzará un tiempo después como dramaturgo e incluso
realizará tentativas como director de escena. La importancia de la obra
lorquiana es extraordinaria, aunque a mi entender ha sido magnificada
y vista casi siempre desde la reverencia con que se trata a un personaje
emblemático e indiscutible. Resulta de extraordinario interés su producción
vanguardista, en la que es posible advertir un sello muy personal en su
manera de sintetizar las influencias del surrealismo, de ciertas formas
del teatro clásico y de otras tendencias de la vanguardia, en piezas como
Así que pasen cinco años, El público, Comedia sin título,
y también Quimera, La doncella, el marinero y el estudiante,
El paseo de Buster Keaton, o el Diálogo del amargo y la
Escena del teniente coronel de la guardia civil. En todas ellas
el dramaturgo se entrega sin concesión ninguna a un ejercicio de introspección
que le lleva a detectar un hondo y lacerante conflicto entre el deseo
oscuro y la norma social o moral. Todo ello aparece vertido en un lenguaje
deslumbrante y novedoso, de excelente cuño teatral y no puede menos de
provocar la admiración y el desasosiego en el espectador.
Por supuesto, su pieza más conocida, representada y representativa, La
casa de Bernarda Alba, revela madurez, perfección constructiva y un
extraordinario sentido de lo teatral, por lo que se ha convertido en
una de las piezas obligadas de los repertorios escénicos. Mucho más discutibles
e insuficientes me parecen las piezas restantes, incluidas las célebres
Yerma, Bodas de sangre o Doña Rosita la soltera.
En cualquier caso Lorca es el dramaturgo español del siglo XX con mayor
proyección internacional y uno de los escritores más conocidos de la literatura
española en su conjunto. No parece necesario insistir en que, a sus justos
méritos como creador, se suman otras circunstancias que han favorecido
ese mítico prestigio, que a mi entender ha terminado por perjudicarlo,
porque hubiera sido conveniente un tratamiento más crítico y sereno de
su labor teatral. Y algo de esto sucede también con su faceta de director
escénico. Ciertamente Lorca intuyó agudamente el papel creador que se
reservaba a la dirección de escena y no faltaban en él algunas de las
cualidades que parecen convenientes en un escenificador profesional, tales
como buen gusto, dominio de los lenguajes plástico y musical, pasión por
el teatro, etc., pero sus logros en este territorio debieron de ser limitados,
tanto porque su vida fue temprana y trágicamente truncada, como porque
en algunos casos, por ejemplo, la célebre iniciativa de la Barraca, no
dispuso sino de actores aficionados.
Aunque Lorca no pudo ver en escena las que quizás sean sus mejores piezas,
los estrenos que se producen en el período de la República, de la mano
de Rivas Cherif, de Lola Membrives y Margarita Xirgu, tuvieron una extraordinaria
resonancia y una respuesta apasionada y enfrentada de los sectores que
componían la conflictiva sociedad española. Después, los textos de Lorca
han sido llevados a la escena por directores como Juan Antonio Bardem,
Ángel Facio, Miguel Narros, Lluìs Pasqual, José Carlos Plaza, Calisto
Bieito, e interpretados por actrices y actores de la talla de Mari Carmen
Prendes, Berta Riaza, Ana Belén, María Jesús Valdés, Nuria Espert, Aurora
Redondo, Pilar Bayona, Enriqueta Carballeira, Marisa Paredes, Maruchi
León, Ismael Merlo, Nacho Martínez, Carlos Hipólito, Imanol Arias, Juan
Echanove, Alfonso del Real, Walter Vidarte, Juan José Otegui, etc.
Rica en iniciativas y en ilusión es también la obra de Max Aub. Autor
de uno de los proyectos para el establecimiento de un Teatro Nacional,
promotor de El Búho, el grupo que desarrolló su actividad en los medios
universitarios valencianos, y dramaturgo él mismo, constituye una figura
interesante y controvertida. Sus textos revelan una notable variedad formal,
desde la influencia del expresionismo y la vanguardia , visible en algunos
de sus primeros trabajos, hasta el teatro político y de circunstancias
que escribe durante la guerra, hasta manifestaciones naturalistas o versiones
de motivos clásicos, pasando por formas próximas al teatro documento,
como sucede con el San Juan, que recientemente montara Juan Carlos
Pérez de la Fuente para el CDN. La crítica parece dividida en cuanto al
valor y la vigencia de su teatro. Todos reconocen su calidad como escritor,
pero algunos aducen su escasa viabilidad en la escena contemporánea.
También ha conocido vaivenes la figura de Alberti como dramaturgo. El
ruidoso estreno de El hombre deshabitado (1931), un auto sacramental
heterodoxo, emparentado con Sobre los ángeles, supone su inicio
como escritor para el teatro, cuya carrera continuaría con algunas otras
piezas, entre las que destaca El adefesio, en la mejor tradición
de la farsa tragicómica española, estrenada por Margarita Xirgu en Buenos
Aires (1944). En los años de la Transición e incluso en los inmediatamente
posteriores se repusieron algunas de sus piezas, pero hace algún tiempo
ya que su teatro está ausente de los escenarios.
Guillermo Heras ha reivindicado en diversas ocasiones la tradición de
la vanguardia histórica y singularmente la figura de Bergamín, sobre cuyos
textos montó el espectáculo titulado La risa en los huesos.
El deseo de renovación de una escena que consideraba envejecida enfrentó
a Jacinto Grau con la empresa teatral, y este enfrentamiento le causó
no pocos disgustos. A pesar de ello obtuvo el éxito notable de El señor
de Pigmalión (1923), estrenada en Praga y en París, antes que en España,
pero Grau sí es hoy para el público un autor casi olvidado.
Más en lo ideológico que en lo formal, resultó innovadora, incluso escandalosa,
por extraño que hoy pueda parecernos, la obra de Alejandro Casona, Nuestra
Natacha (1936). El gobierno de la República había encargado a Casona
la organización de las Misiones pedagógicas, un proyecto complementario
de la Barraca lorquiana, al que se entregó, como Lorca, con entusiasmo.
La obra posterior de Casona, escrita en buena medida durante el exilio,
defraudó a la crítica más joven y progresista de los años sesenta, cuando
regresó a España, a pesar de lo cual no ha sido raro que Casona conociera
reposiciones en fechas relativamente recientes, sin que por ello deje
de resultarnos su teatro un tanto trasnochado.
Hay otros nombres que añadir a la lista de quienes pretendieron renovar
el teatro en los veinte y los treinta. Algunos lo cultivaron ocasionalmente,
otros con más asiduidad. La mayoría han quedado olvidados para el gran
público. Paulino Massip, Valentín Andrés Álvarez, Claudio de la Torre,
etc., son algunos de ellos. De Claudio de la Torre, sin embargo, merece
recordarse una pieza de aire intelectual y vanguardista, Tic-tac
(1930), otra posterior, que puede leerse como una temprana visión crítica
de la guerra civil, titulada Tren de madrugada (1946), y también
su labor como director de escena durante la postguerra.
Mayor alcance han tenido los intentos de una renovación en apariencia
más modesta, pero realizada desde el propio medio teatral. Me refiero
a las nuevas formas de abordar la comicidad que desarrolla sobre todo
Jardiel Poncela y, más adelante, Miguel Mihura. Ninguno de los dos encontró
un camino fácil. El segundo tuvo que esperar veinte años para ver estrenada
Tres sombreros de copa, escrita en 1932, y el segundo encontró
la oposición de amplios sectores de la crítica y del público. La obra
de Jardiel pretendió la renovación del humor desde el flujo libre de la
imaginación y desde el concepto de la inverosimilitud, con el deseo de
construir un teatro que sustituyera la comicidad castiza y sentimental
de sus predecesores. La presencia de la vanguardia, debidamente encauzada
y asimilada para el consumo de un público que se deseaba amplio, es perceptible
en la obra de Jardiel, que consiguió, pese a las dificultades, éxitos
estimables antes y después de la guerra, como Cuatro corazones con
freno y marcha atrás (1936) o Eloísa está debajo de un almendro
(1940), entre otros, que se han incorporado al repertorio del teatro español.
Tanto Jardiel como Mihura han sido víctimas del bien intencionado error
que pretende considerarlos precursores del teatro del absurdo. Las notables
diferencias que separan su teatro del que escribirían años más tarde Ionesco
o Beckett, muy superiores a coincidencias más superficiales, dejan en
mal lugar un teatro con pretensiones y supuestos estéticos muy diferentes.
Podemos quedarnos, sin embargo, con su agudeza y su fantasía, su gusto
por las situaciones paradójicas y dislocadas, y también su espíritu profundamente
antiburgués. Por lo demás, parece conveniente establecer diferencias entre
los dos comediógrafos a los que comúnmente se coloca bajo un mismo epígrafe,
pero cuyas peculiaridades personales son al menos tan intensas como sus
afinidades.
Y no quedaría completa una visión, por somera que sea, del teatro anterior
a la guerra, sin mencionar el papel de la crítica. El teatro apasiona
a la intelectualidad de las primeras décadas del siglo, que escribe abundantemente
sobre esta manifestación estética. Algunos lo hacen regularmente los periódicos
y otros de manera más eventual en diferentes publicaciones, pero podemos
encontrar un ingente número de trabajos rematados por las más brillantes
firmas del período. Hay valentía, decisión y riesgo a la hora de exaltar
a un dramaturgo o alabar a un espectáculo, pero también a la hora de censurarlo.
Estos escritos son casi siempre apasionados, cuando no violentos, exaltados
o hasta insultantes o descalificadores. Son frecuentes las polémicas sobre
dramaturgos o sobre tendencias, como la célebre propuesta de creación
de una liga antiastracanófila, promovida por algunos críticos contra Muñoz
Seca y los cultivadores del teatro cómico.
Asombra la nómina de quienes en algún momento escribieron para el teatro
y no sólo por la cantidad de los nombres, sino por la calidad de su trayectoria
intelectual. Entre otros muchos puede recordarse a Eduardo Zamacois, Alejandro
Miquis, Manuel Machado, Azorín, Pérez de Ayala, Luis Araquistáin, Enrique
de Mesa, Sender, Díez-Canedo, etc. Incluso Unamuno, Baroja, Chabás, Salinas,
Rivas Cherif, Fola Igúrbide y otros muchos escribieron más o menos ocasionalmente
de teatro en revistas y periódicos.
Es significativo que el criterio planteado por Díez Canedo a la hora de
organizar las críticas publicadas en la prensa (El Sol y otros
periódicos) haya constituido una referencia poco menos que obligada a
la hora de escribir la historia del teatro en este período. Y, ciertamente,
su propuesta es interesante, aunque a estas alturas merecería una seria
revisión que superase filias y fobias y que ofreciese una perspectiva
más serena de aquel teatro.
El
corte de la guerra civil
Los años de la guerra civil ofrecen un abigarrado programa que sorprende
precisamente por la extraña mezcla de criterios: piezas de emblemáticos
significados ideológicos, junto a teatro comercial de dudosa calidad;
mezclas y coincidencias, junto a teatro de propaganda escrito para la
ocasión; colectivizaciones en un bando y teatro de exaltación religiosa
en otro; es decir, un teatro que se concibe como fórmula de evasión, pero
también como arma de combate que afiance la moral de quienes han adoptado
un compromiso o reafirme a los tibios. Y alegatos, teorías y proyectos
en ambos bandos. Entre quienes pensaron en el valor estratégico del teatro
durante la guerra civil, podría recordarse en el bando republicano a Alberti,
a María Teresa León, a Max Aub, a Miguel Hernández, a Santiago Ontañón,
Rafael Dieste, Germán Bleiberg o José Bergamín, entre otros muchos.
Pero es el final de la guerra el que marca el verdadero corte, la frontera
entre un antes y un después. En los últimos años da la impresión de que
ganan terreno las tesis que subrayan la continuidad frente a la ruptura.
Se han publicado trabajos interesantes que muestran relaciones entre
un período y otro, lo que avalaría la idea de que tal corte no se produjo
de una manera tan drástica. Algunas veces estas opiniones se emiten desde
la buena fe y pretenden matizar las consideraciones que habitualmente
figuran en los manuales sobre las periodizaciones y sobre el acontecer
del teatro español durante el siglo. Pero, a pesar de ello, parece difícil
obviar el trauma que para la sociedad española supone la guerra civil,
con su carga de muerte, cárcel, exilio y posterior censura y feroz represión
ideológica. No es preciso recordar la lista de nombres -dramaturgos, actores
y otros profesionales de la escena- que hubieron de abandonar la actividad
teatral definitiva o provisionalmente o hubieron de ejercerla en situaciones
extraordinariamente difíciles. Tal cúmulo de ausencias bastaría para comprender
que la situación era muy otra, pero además habría que recordar la severa
vigilancia que, sobre todo en los primeros años, el nuevo Régimen ejerció
sobre la escena.
Sin embargo, resulta útil añadir dos consideraciones que, si bien no contradicen
lo anterior, pueden contribuir a situarlo en su lugar. Algunos intelectuales
del falangismo -Felipe Lluch, Gonzalo Torrente Ballester, Dionisio Ridruejo-
reclamaron la necesidad de un nuevo teatro, acorde con la nueva etapa
que el Régimen quería iniciar y acorde, sobre todo, con el pensamiento
totalitario falangista. Y ciertamente esas formas teatrales -como los
ambiciosos proyectos de Felipe Lluch o los intentos de constituir un teatro
de exaltación política- nunca pasaron de ser algo anecdótico o residual,
porque el teatro que prevaleció fue un teatro de consumo o bien un teatro
de continuidad, dominados ambos por la sensación de tranquilidad y por
la exhibición de un mundo en el que los conflictos están ausentes o son
de orden menor y cuentan siempre con una solución satisfactoria. Por
otra parte, y paradójicamente, algunos de los responsables de la política
y de la creación teatral, nombrados expresamente por las autoridades del
Régimen, se habían formado en algunas de las experiencias teatrales del
período republicano, entre ellos el propio Felipe Lluch, Modesto Higueras
o Huberto Pérez de la Ossa.
Y es precisamente este hecho el que va a producir el fenómeno más interesante
del teatro español en los cuarenta y los cincuenta. Frente al tono mediocre,
cuando no decididamente vulgar del teatro comercial, con las escasas
excepciones que suponen los estrenos de Jardiel y poca cosa más, como
señalarán abiertamente los críticos más exigentes, van a ponerse en marcha
los proyectos encaminados a la institución de los Teatros Nacionales,
que, como consecuencia, afianzarán, ya de manera definitiva, la figura
del director de escena. Los factores configuradores de esta situación
son complejos y hasta contradictorios, pero el resultado, tras un proceso
laborioso y no exento de baches y dificultades, puede considerarse positivo.
El recurso a los clásicos responde tal vez a razones de prestigio, a la
búsqueda de unos textos de calidad que no revistan peligro ideológico,
y a una necesidad de buscar símbolos para el anacrónico Imperio que el
franquismo pretende revivir. Esto conduce, desde luego, a una lectura
reductora de los dramaturgos áureos, pero exige calidad en su puesta en
escena y permite a su vez posibilidades de lucimiento a los responsables
del montaje. No es nueva esta mirada hacia el siglo de Oro, que ya durante
la República había disfrutado de alguna fortuna, aunque los motivos fueran
distintos, ni tampoco lo es el empeño por crear un Teatro Nacional, pero
las circunstancias harán ahora posible la perdurabilidad de esos proyectos.
Entre los clásicos ocuparon un lugar preferente, aunque no exclusivo,
los autos sacramentales, tal vez la única aspiración de los falangistas
que se vio cumplida durante un tiempo y que fue continuada después por
Tamayo. El auto sacramental cumplía las condiciones de ser un clásico,
de representar una forma de apología y exaltación religiosa y también
de ofrecer una interpretación estética que propiciara soluciones impactantes
y movimientos de grandes masas, tan del gusto de los regímenes totalitarios.
Felipe Lluch, Dionisio Ridruejo, Luis Escobar o Gonzalo Torrente Ballester
son algunos de los responsables de este auge del auto sacramental, una
de las divisas del teatro de los cuarenta.
A pesar del carácter ahistórico de muchos de los proyectos, de los fuertes
condicionantes ideológicos o de la bisoñez de los directores, cuajó finalmente
una tradición de la que en buena medida somos deudores todavía hoy. A
los nombres citados habría que añadir el de Cayetano Luca de Tena, tal
vez el director con más talento de los que trabajaron en su tiempo, y
los de escenógrafos como Burman, Emilio Burgos o José Caballero. Y hay
que subrayar también que ese maestro de la dirección escénica que fue
José Luis Alonso y que tanto contribuyó a transformar el teatro español
desde los sesenta, debió parte de su formación a su aprendizaje con Luis
Escobar en el María Guerrero.
Junto a los montajes, meritorios con frecuencia, del María Guerrero y
del Teatro Español, se programaban las comedias de Benavente, cuyo prestigio
seguía explotándose, y las de algunos otros valores del período anterior,
vivos todavía o ya fallecidos (Marquina, los Quintero, Muñoz Seca, Arniches,
etc.), que poco o nada aportaban a lo ya visto. Entre los autores jóvenes
destacaba el prolífico Torrado cuyos melodramas llegaron a alcanzar centenares
de representaciones (alguno de ellos pasó de las mil), aunque desde hace
muchos años ha caído sobre su figura una densa capa de justo olvido. Pemán,
que ya se había dado a conocer antes de la guerra con textos como El
divino impaciente (1933), hagiografía de San Francisco Javier escrita
con intenciones propagandísticas, combinaba un teatro heredero del ya
anacrónico teatro poético, con comedias de corte quinteriano. Nada de
esto nos interesa hoy ni probablemente interesó de verdad en su tiempo,
pues todo ello da la impresión -más allá de éxitos ocasionales- de estar
escrito con oficio, en el mejor de los casos, pero con muy escasa convicción.
Triste panorama que apenas acertaba a animar Jardiel, quien por extraño
que hoy nos parezca, recibió acerbas críticas basadas también -aunque
no sólo- en razones de orden moral. Muy estrecho era el camino en el que
los autores podía moverse. Tal vez por ello y por su propia inexperiencia
juvenil no llegó a cuajar en logros concretos el proyecto -o quizás mejor
el cúmulo de ilusiones- del grupo de creadores teatrales que dieron en
llamarse a sí mismos Arte nuevo, compuesto por gentes tan heterogéneas
como Alfonso Sastre, Alfonso Paso, Medardo Fraile, Carlos José Costas,
José Franco, Luis Gordon o José María de Quinto, que a mediados de los
cuarenta se reunieron para escribir y representar piezas habitualmente
breves, de cierto aire existencial y en las que es perceptible el influjo
de cierto teatro americano. Pese a que casi ninguno de los textos tenga
hoy un interés por sí mismo, merece respeto la simpática audacia del empeño,
que si bien no consiguió sus objetivos inmediatos, constituyó el punto
de partida para la labor creadora o crítica de algunos de sus componentes.
A medida que avanzan los años cuarenta, va dando a conocer su obra un
grupo de comediógrafos de escritura y construcción pulcras, entre los
que podría recordarse a López Rubio, Ruiz Iriarte, Calvo Sotelo o Edgar
Neville, a los que habría que añadir el nombre de Mihura, tal vez menos
culto y cuidadoso, pero con mayor gracia e instinto teatral. Casi todos
habían comenzado a escribir antes de la guerra, pero será durante las
décadas de los cuarenta y, sobre todo, cincuenta y sesenta cuando logren
el favor del público y un reconocimiento de cierta crítica. Pese a algunas
reposiciones e intentos de rehabilitación mediante artículos u homenajes,
muy poco de lo que entonces escribieron puede interesar al espectador
contemporáneo. Es posible que algunos estudios hayan minusvalorado el
trabajo de estos comediógrafos, pero no me parece injusto el calificativo
de evasionista aplicado a la casi totalidad de aquellas comedias, que
lo eran de una manera consciente y precisa: es decir, sustituían, mediante
la ilusión imposible, la acre realidad que se imponía a la sociedad española.
No obstante, en algunos momentos aquellos comediógrafos pretendieron dar
cabida a las preocupaciones morales o sociales de su tiempo, pero con
alguna excepción, como aquel resonante texto que fue La muralla
(1954), de Calvo Sotelo y algunos otros, no acertaron nunca con el tono
o con la perspectiva adecuada para tratarlas, o, realmente, no sintieron
demasiado interés por ellas. Con todo, estos comediógrafos se encuentran
muy por encima, en cuanto a calidad literaria y de construcción dramática,
de otros muchos que alcanzaron popularidad entonces y hoy han quedado
prácticamente olvidados, como Carlos Llopis, Jorge Llopis, Leandro Navarro,
etc. Poco recordamos también de un comediógrafo más joven con piezas de
una más cuidada factura, como es Jaime de Armiñán, que dejó de escribir
para el teatro. No ocurre lo mismo con Jaime Salom, un escritor teatral
proteico, que maneja la comedia, el drama, la farsa, el teatro histórico,
etc. y que ha mantenido una notable vitalidad en su escritura hasta nuestros
días, sin haber dejado nunca de estrenar.
La obra de Buero rompe, se ha dicho muchas veces con justeza, con ese
teatro anodino que, con escasas excepciones, se programaba en los teatros
españoles. La asombrosa concesión del Lope de Vega de 1949 a Historia
de una escalera marca un hito en el teatro español contemporáneo.
Buero, como sucede con Valle y Lorca, ha sido objeto de una muy amplia
bibliografía y de una consideración de maestro indiscutido, condición
ésta que, a diferencia de los otros dos grandes escritores teatrales del
siglo, le fue concedida muy tempranamente, incluso por quienes se situaban
en posiciones ideológicas muy alejadas de las de Buero. Las reticencias
o los reparos hacia su obra han surgido, por el contrario, durante las
dos últimas décadas, aunque no han impedido que Buero siga siendo considerado
como el maestro de la escritura dramática de la segunda mitad del siglo.
La presencia en algunas de sus primeras obras de personajes y ambientes
que recuerdan vagamente al sainete, como por otro lado sucedería con otras
manifestaciones estéticas -cine y teatro fundamentalmente- del neorrealismo,
se combina con un tratamiento intelectual e intencionado de esos materiales
con vistas a sugerir, mediante la alusión y el símbolo, la posibilidad
de una crítica política que cuestionara los logros de los que alardeaba
el Régimen. Pero junto a todo esto, Buero se muestra como un dramaturgo
profundamente existencial, imbuido en el pensamiento de su tiempo e influido
por el magisterio de Unamuno. Buero habló con frecuencia de la dimensión
trágica de su teatro, que se caracteriza precisamente por la esperanza,
elemento constitutivo del género, en la opinión del dramaturgo. Así su
obra se llena de personajes que anhelan una utopía, personal e histórica,
que, desde criterios que podrían considerarse razonables, se muestra como
algo difícil o imposible de alcanzar, pero que dignifica y tal vez redime
a quien aspira a conseguirlo.
Si Historia de una escalera remite a los ambientes propios del
arte social, En la ardiente oscuridad (1950) parece emplear motivos
lindantes con el pensamiento existencialista. Sin embargo, no hay dos
Bueros, sino una obra compleja, densa en ambiciones éticas y estéticas
y en preocupaciones formales, minuciosamente pensada y escrita de una
manera responsable. Si acaso, cabría achacarle a Buero una excesiva preocupación
por el símbolo y por el sentido de conjunto y la coherencia de sus piezas,
a veces en detrimento de la verosimilitud o del encanto de los sucesos
que componen la trama.
A medida que se desarrolla su producción, y sin abandonar nunca estos
presupuestos, van siendo más frecuentes los textos que se remiten a personajes
históricos en los que tal vez Buero proyecta su imagen de la condición
del intelectual en situaciones difíciles: alguien que no debe renunciar
a transformar la sociedad en la que vive, para lo cual no puede ni acomodarse
a la situación, ni caer en la desesperanza de quien siente que las circunstancias
son más poderosas que sus propias fuerzas. Muchos de estos textos parecerían
ilustrar las tesis que Buero sostuvo en su célebre y agria polémica con
Alfonso Sastre a comienzos de los sesenta sobre el posibilismo en una
situación como la Dictadura en España. El teatro histórico se convierte
-no sólo en Buero, sino en otros muchos dramaturgos- en un modo elusivo
de hablar del presente.
Pronto se dejará sentir de una manera creciente la influencia de Brecht
en el conjunto del teatro español, sobre todo a partir de los sesenta,
cuyos dramaturgos y directores ven en el modelo del creador alemán una
fórmula adecuada y eficaz para contribuir la transformación política y
social del país. Precisamente en los sesenta, Buero compone algunas de
su más brillantes piezas, sobre todo El concierto de San Ovidio
(1962) y El tragaluz (1967), ambas de cuño brechtiano, aunque Buero
mantuviera siempre una independencia de criterio y un tono personal alejado
de mimetismos.
La obra de Buero se encuentra en este momento en una cierta encrucijada
entre el prestigio y el posible principio del olvido. Desde el comienzo
de la Transición sus obras fueron seguidas atentamente por un amplio público,
pero conocieron también severas críticas y junto a la cómoda consideración
de clásico, que nadie discutía, comenzó a obviársele como maestro de las
nuevas generaciones. Sus textos, tal vez porque Buero siempre mostró
algunos recelos hacia las direcciones de escena más creativas, han conocido
pocas reposiciones en montajes importantes, entre los que pueden recordarse
los de Narros, Tordera, Canseco o Pérez de la Fuente.
Desde la irrupción de Buero en la escena comenzó a hablarse de realismo
en el teatro español. El término, muy discutido, se empleaba no tanto
en cuanto que remitiera a una opción estética determinada, sino a la adopción
de un criterio ético, que llevaba a asumir la realidad española y a intentar
transformarla. Y bajo ese marbete ha colocado la historiografía teatral
a dramaturgos tan distintos como el propio Buero, Sastre, Olmo, Muñiz,
Rodríguez Méndez, Martín Recuerda, e incluso Alfredo Mañas, López Aranda
o Rodríguez Buded, a los que tal vez habría que añadir otros nombres.
Sastre representa la opción más radical de todos ellos. Sus comienzos,
vinculados a un concepto existencial y hasta religioso del teatro, derivan
pronto, siguiendo un sendero que ha sido común a una parte de la intelectualidad
española, hacia la expresión de la angustia primero y hacia la búsqueda
de algo que dé sentido a la propia vida, que se encuentra en la intervención
política y social. La evolución de su obra, influida en algunas etapas
por Sartre y de Brecht, parte desde el ingenuo teatro de Arte Nuevo y
avanza hacia al teatro existencial de Escuadra hacia la muerte
(1953) o hacia el neorrealismo de Muerte en el barrio (1959), y
después hacia la búsqueda de esa denominada por él tragedia compleja,
que, pasando por Brecht -MSV o la Sangre y la ceniza (1977) es
todavía muy brechtiana-, pretende superar la antinomia entre Aristóteles
y el autor alemán, y Sastre que intenta en piezas como o Los últimos
días de Enmanuel Kant contados por ETA Hoffmann (1990), aunque fue
consciente de que nunca logró plenamente sus objetivos. Su gran éxito
estuvo constituido por La taberna fantástica (1985), debido en
buena parte a la interpretación de El Brujo. El texto, escrito en los
sesenta, rezumaba neorrealismo, pero anticipaba también la búsqueda de
la tragedia compleja. Desde hace algún tiempo, las opciones políticas
manifestadas por Sastre han conducido a este dramaturgo a una suerte de
injusto ostracismo.
Lauro Olmo consiguió con La camisa representar emotivamente el
problema de la emigración y obtuvo un notable éxito con ella, aunque cuando
la pieza se repuso recientemente fue recibida con frialdad. Martín Recuerda
y Rodríguez Méndez se asoman también a las miserias de la sociedad del
momento o buscan en la historia las claves para interpretar el presente,
mientras reivindican las formas y costumbres acrisoladas por la tradición
española. Del primero pueden recordarse los escandalosos estrenos de Las
salvajes en Puente San Gil (1963) y, ya en plena transición, Las
arrecogías del Beaterio de Santa María Egipcíaca (1977). Del segundo,
Los inocentes de la Moncloa (1961) y Bodas que fueron famosas
del Pingajo y la fandanga (1976). Carlos Muñiz se inclina hacia
el expresionismo en su mejores textos, entre los que merece destacarse
El tintero (1961).
De Arte Nuevo surgió la figura de Alfonso Sastre, pero también la de su
entonces amigo Alfonso Paso, cuya trayectoria como dramaturgo proporciona
al menos un motivo de reflexión. Su inclinación primera hacia un teatro
renovador y comprometido se disuelve en un deseo de obtener el triunfo
comercial, objetivo que consigue como ningún dramaturgo de su tiempo y
que se extiende desde la década de los cincuenta hasta los primeros setenta,
con temporadas en las que varias comedias suyas permanecen con éxito en
las carteleras. Hombre de teatro prolífico y versátil, cultiva el vodevil
negro, la comedia de costumbres, el teatro histórico, la comedia psicológica,
la parábola de corte pretendidamente social y otras variantes que lo convierten
durante casi dos decenios en el autor de moda. Pero esa popularidad se
transforma en muy pocos años en el más absoluto olvido.
De menor, pero significativo éxito, es Alonso Millán, que sigue escribiendo
hasta nuestros días comedias -ha superado ya los setenta estrenos- en
la estela del vodevil o el vodevil negro, o de la farsa que fantasea con
asuntos de actualidad. Curiosamente Alonso Millán había comenzado su labor
teatral en una de las escuelas más fecundas del teatro en la segunda mitad
del siglo: el teatro universitario.
Desde los años cincuenta y hasta finales de los sesenta, la Universidad
se convierte en una alternativa frente al teatro comercial y rutinario
que domina en la España de la época. Estudiantes autodidactas, pero llenos
de entusiasmo y con un claro criterio político respecto a la función del
teatro van creando espectáculos y forjando grupos que mantendrán una actitud
abierta respecto a lo que se hacía en otros países de Europa, respecto
a la propia tradición española oculta bajo la censura, la represión y
la desidia del franquismo y respecto a las posibilidades de nuevos autores
e iniciativas muy diversas. Ellos recibieron y asumieron la información
sobre las nuevas tendencias de la puesta en escena, sobre las nuevas escuelas
de interpretación, sobre autores y tendencias de escritura dramática.
Sorprende hoy la amplia nómina de profesionales del teatro -directores,
actores, dramaturgos, etc.- que se formaron en el teatro universitario,
pero merecen recordarse los Teus de Madrid, Barcelona, Zaragoza, Murcia,
Sevilla, Valencia, etc. Sin este fenómeno el teatro español actual sería
otra cosa muy distinta.
A finales de los sesenta, cuando el Teatro Universitario se estancó en
una vía muerta, sus miembros más activos desembarcaron en el Teatro Independiente,
otro de los fenómenos más sugestivos de la escena durante el franquismo
e incluso durante la Transición. Todavía hoy perviven algunos grupos procedentes
de aquel movimiento, pero su organización y sus criterios estéticos son
ya completamente distintos. Del Independiente recordamos hoy su espíritu
aventurero, bohemio e itinerante; su deseo de encontrar alternativas al
teatro al uso; su capacidad para aprovechar espacios atípicos; la importancia
que se le otorga al concepto de puesta en escena; sus indagaciones en
las posibilidades de la creación colectiva; el ensayo de métodos de trabajo
procedentes de escuelas, grupos teóricos y creadores europeos y americanos
(Actor’s Studio, Brecht, Grotowsky, Barba, Living Theater, Bread and Puppet,
etc.); la exploración de las posibilidades físicas y plásticas del cuerpo
humano; el gusto por la ritualidad y por el juego; el recurso a la farsa
como fórmula eficaz política y estéticamente y acorde con la limitación
de medios que padecían los grupos; los enfoques novedosos de los textos
de dramaturgos clásicos o contemporáneos; su incursión en los territorios
del happening; su asunción de formas populares del teatro y de
la fiesta; etc.
Un fenómeno tan amplio como el Independiente conoció muchos grupos, con
estéticas, objetivos y proyectos muy diversos que ocuparon a varias generaciones
de gentes de teatro. Entre ellos destacan: TEI, TEM, TEC, Tábano, Los
Goliardos, Bululú, Ditirambo, Ensayo 1 en Venta, Grupo de Teatro Aguilar,
El búho, El Gayo Vallecano, Teatro Libre, Teatro Estudio Lebrijano, La
Cuadra, Esperpento, Crótalo, Teatro de Cámara de Zaragoza, El Corral de
Comedias, Teatro Estable de Valladolid, Akelarre, Escuela de Arte Dramático
Adrià Gual, Grupo Cátaro, Grup d’Estudis Teatrals d’Horta, El joglars,
Els Comediants, Teatre Lliure, Zaj, etc.
En ocasiones colaboraron con los grupos universitarios e independientes
-o formaron parte de ellos- algunos dramaturgos pertenecientes a lo que
dio en llamarse Nuevo Teatro o Teatro underground, a partir del
célebre libro de Wellwarth. Sus miembros buscaban caminos estéticos que,
sin renunciar a la crítica, esta resultara menos evidente y se vertiera
a través de la alegoría, la parábola, la farsa, o de moldes teatrales
que proporcionaban las vanguardias, en las que el símbolo, la sugerencia
y el humor tuvieran un papel preponderante. Se trata de una promoción
ciertamente controvertida desde su aparición hasta nuestros días. El tono
excesivamente laudatorio de Wellwarth molestó a algunos miembros de la
generación anterior, que además acusaron a su colegas más jóvenes de
hermetismo o de deslumbramiento ante formas foráneas. Y ya en los años
posteriores a la Transición no ha faltado quien considerara teatralmente
muertos a estos dramaturgos.
Por otra parte, este grupo de autores careció siempre de facilidades para
estrenar, circunstancia que mereció el célebre comentario de uno de sus
integrantes, Alberto Miralles, que la consideraba como la generación más
premiada y menos representada. Muchos de ellos han abandonado la escritura
dramática, otros intentaron otros caminos estéticos más comerciales o
simplemente más viables, como Bellido, Martínez Ballesteros o Roger Justafré.
Otros siguen escribiendo tenazmente, fieles a sus convicciones, aunque
su escritura haya evolucionado notablemente, pese a las dificultades para
el estreno. Como es previsible en la obra de todo grupo numeroso, la calidad
es desigual. Pero hay textos muy estimables, por ejemplo los de Jerónimo
López Mozo, y es imperdonable que sus últimas piezas (Eloídes, Ahlán,
La infanta de Velázquez o El arquitecto y el relojero) no hayan
conocido todavía el estreno, Miralles, Campos y otros. En su momento
gozaron de una relativa fortuna algunas obras de Ruibal, Romero Esteo,
Jordi Teixidor, Eduardo Quiles, García Pintado, Luis Riaza, Martínez Mediero,
Pérez Casaux, Matilla, Vicente Romero, Manuel de Pedrolo, Gil Novales,
Martín Elizondo, Juan Antonio Castro, Muñoz Pujol, Martín Elizondo, Pérez
Dann, Diego Salvador, Ubillos, etc. Hay otros nombres que, sin pertenecer
propiamente a este grupo, sí están próximos a él por razones generacionales
o de otra índole, como Domingo Miras, Alfonso Vallejo, Gómez Arcos o Andrés
Ruiz. Por su significación especial y por su evolución posterior merece
mencionarse aparte el nombre señero de Josep María Benet i Jornet.
También es preciso destacar el nombre de Francisco Nieva, tan próximo
a este grupo de dramaturgos, por muchas razones, pero dueño de una personalidad
y una trayectoria propias en el terreno de lo teatral. Dramaturgo y escritor
además de otros géneros, director de escena, escenógrafo y figurinista,
Nieva ofrece, a través de su múltiples facetas artísticas, una visión
del mundo dominada por un profundo barroquismo pasado por el tamiz de
la vanguardia surrealista y deudor a su vez de la tradición española proclive
a la distorsión estética. Su teatro, profundamente sensual y humorístico,
reivindica la pasión y el instinto, la fiesta y el goce de los sentidos,
y hasta la desvergüenza y la ordinariez, lo que justifica el impacto que
provocaron sus primeros estrenos en España, ya durante la Transición,
sobre todo La carroza de plomo candente (1976), El combate de
Ópalos y Tasia (1976) y La señora Tártara (1980), tal vez su
texto más interesante. Desde entonces, los estrenos y reposiciones de
Nieva han sido relativamente frecuentes. Entre ellos destaca el montaje
de Pelo de tormenta en el CDN, dirigido por Pérez de la Fuente.
Y un panorama del teatro español durante la segunda mitad del siglo no
quedaría completo sin la referencia a quienes son tal vez los dos dramaturgos
más controvertidos y atípicos, difíciles de ubicar en grupos generacionales
o tendencias estéticas prefijadas. Se trata, naturalmente, de Fernando
Arrabal y de Antonio Gala. El primero ha sido un dramaturgo de éxito en
distintos países europeos, pero su reconocimiento en España ha sido escaso.
Su teatro no carece de originalidad, fundamentalmente biográfica, a pesar
de que son muy evidentes las influencias de Beckett, de Ionesco, de Genet,
de Kafka y también de un humor arraigado en la tradición española y que
en algunos momentos recuerda a Jardiel, a Mihura o incluso a Gila. Lo
mejor de su teatro hay que buscarlo en la combinación de la ceremonia
y el humor, de la crueldad y de la visión infantil y primigenia del mundo.
Entre sus textos pueden recordarse Pic nic (1952), Los dos verdugos
(1956), El cementerio de automóviles (1957), recientemente montado
por el CDN, y El arquitecto y el emperador de Asiria (1966).
Antonio Gala ha cultivado un teatro de corte alegórico en el que, en sus
comienzos predominaban los temas políticos (P.ej. . Los buenos días
perdidos, 1972), y en el que paulatinamente se ha dejado más espacio
a una invitación a liberar los instintos y sentimientos, y a disfrutar
de la vida por encima de obligaciones y normas sociales (Las manzanas
de los viernes, 1999). Curiosamente el teatro de Gala ha sido siempre
fuertemente didáctico y moralizante, y, más curiosamente aún, llega a
amplios sectores del público, que, probablemente, no comparten los criterios
morales y sociales que el escritor propugna.
Y, si en la etapa anterior era preciso hacer referencia a la crítica,
en esta etapa ha de destacarse la crítica especializada y en buena medida
disidente que va desarrollando su labor desde los años cincuenta. La autoridad
de los críticos de los grandes medios, Marqueríe, sobre todos ellos, es
sustituida por la labor de las revistas especializadas, sobre todo Primer
acto, encabezada por Monleón y después otras como Pipirijaina,
Yorick, Reseña, etc.
El
último cuarto de siglo
Por razones de muy diversa índole, el teatro en España se ha transformado
profundamente durante los últimos veinticinco años. Los criterios de interpretación,
el papel de la dirección de escena, los sistemas de producción, distribución
y gestión, los gustos y expectativas del público, el papel de la crítica
y los medios de comunicación, y, por supuesto, la propia escritura dramática
han evolucionado rápidamente, tanto que a la sociedad y al teatro español
le resulta difícil asimilar esos cambios.
Entre los aspectos más destacables hay que citar la intervención de los
poderes públicos en la escena, que ha posibilitado la creación de teatros
institucionales (Centro Dramático Nacional, compañía Nacional de Teatro
Clásico, Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas -lamentablemente
desaparecido- Teatro Nacional de Cataluña, Ciudad del Teatro de Barcelona,
CAT, y otros muchos vinculados a los gobiernos autonómicos o locales),
todavía muy insuficiente pero muy superior a la que existía, y una serie
de eventos como Festivales y Muestras (Festival de Teatro Clásico de
Almagro, Festival Iberoamericano de Cádiz, Muestra de Autores Españoles
Contemporáneos de Alicante, etc.), que otorgan una notable proyección
al teatro. Esta participación de los poderes públicos en la vida teatral
ha sido, no obstante, muy cuestionada por algunos sectores, y, en la última
década, se advierte un retroceso notable respecto a la actitud que se
mantuvo durante los ochenta, y un resurgir del teatro privado, cuya excesiva
preocupación por el éxito fácil de los espectáculos parece muy discutible
y empobrecedora.
La generalización y asunción -a pesar de anacrónicas e injustificables
reticencias por parte de algunos- de la figura del director de escena
ha enriquecido notablemente la calidad y el prestigio de los trabajos
exhibidos, factor al que habría que añadir el desarrollo y la profesionalización
de otras tareas escénicas, como la del escenógrafo, iluminador, técnicos
y especialistas diversos, y, por supuesto, el actor. Se han multiplicado
y han mejorado sus condiciones las escuelas y las enseñanzas dedicadas
a formar a los profesionales del teatro, se han establecido nuevos planes
de estudio y nuevas especialidades, se ha organizado una eficiente Asociación
de Directores de Escena y otras organizaciones profesionales, se han abierto
perspectivas para el estudio de las materias propiamente teatrales, etc.
En ese sentido, se ha dignificado la presencia del teatro en la sociedad.
Sin embargo, desde otro punto de vista, es preciso reconocer que el teatro
ha perdido presencia en esa misma sociedad. El espacio que le dedican
los medios de comunicación es decreciente, el público joven es remiso
a la hora de asistir a las salas teatrales -quizás con la excepción de
las alternativas- los dramaturgos tienen menos peso en el ámbito intelectual
o vida social que otros creadores, etc. Sin duda, el teatro tiene ante
sí el reto de volver a convertirse en un referente intelectual y moral
para la sociedad en la que se desarrolla. Posiblemente el camino para
lograrlo depende la posibilidad de que los creadores hablen -desde las
tendencias estéticas o desde los planteamientos y estrategias que consideren
convenientes- a sus contemporáneos en un lenguaje y de unos temas que
tengan alguna relación con su manera de percibir el mundo y con las preocupaciones
de cualquier índole que les aquejen. Se han hecho demasiado frecuentes
en las carteleras espectáculos anodinos, intercambiables en cualquier
tiempo y lugar, inocuos política, social, e intelectualmente.
Naturalmente este panorama no excluye la presencia y la actividad de numerosos
creadores escénicos que plantean sus propuestas arriesgadas y novedosas
a la sociedad en la que vivimos. Desde los momentos finales de la Dictadura
se advirtió en el teatro español, con más nitidez quizás que en otras
manifestaciones culturales y comunicativas, una especial sensibilidad
que reflejaba ese nuevo estado de ánimo de la sociedad. Y esta finura
perceptiva se hacía visible tanto en los espectáculos de Lluís Pasqual,
de José Luis Gómez, de Mario Gas, de Miguel Narros, de José Carlos Plaza,
de Emilio Hernández, de Guillermo Heras, o de Els Joglars, de Dagoll
Dagom o de La Cuadra, por citar algunos ejemplos señeros y heterogéneos,
como en los textos que escribía una nueva generación de dramaturgos. El
espectador percibía pronto que algo estaba cambiando de una manera radical,
que aquel teatro ya no era el mismo que veía unos años atrás.
Ese entusiasmo inicial dejó pronto paso a una cierta decepción, perceptible
también en los textos y espectáculos actuales, pero merece destacarse
el vigor de muchos creadores individuales y de grupos a finales de los
setenta y primeros de los ochenta. Ese impulso generó o afianzó en Cataluña
grupos como Els joglars, Teatre Lliure, Els Comediants, Dagoll Dagom,
El Tricicle, La Cubana, La Fura dels Baus, Vol-ras y otros muchos -cuya
perfección técnica y dominio de los mecanismos de la teatralidad constituye
uno de los elementos más brillantes del teatro de estas décadas-, y que
suscitó la aparición en Madrid, Barcelona, Valencia, entre otras ciudades,
de dramaturgos como Alonso de Santos, Sanchis Sinisterra, Cabal, Amestoy,
Sirera, etc.
Los éxitos resonantes de La estanquera de Vallecas (1981) y Bajarse
al moro (1985) de Alonso de Santos, dirigidas por Juan Pastor y Gerardo
Malla, y de ¡Ay, Carmela!, de Sanchis Sinisterra (1987), bajo la
dirección de José Luis Gómez, -las tres piezas fueron llevadas con posterioridad
al cine-, el estreno en el Centro Dramático Nacional, que entonces dirigía
José Luis Alonso, de El álbum familiar (1982) y ¡Vade retro!
(1982), de Alonso de Santos y Fermín Cabal, respectivamente, dirigidas
por el propio Alonso de Santos y por Ángel Ruggiero, y de El veneno
del teatro (1983), de Rodolf Sirera, bajo la dirección de Emilio Hernández,
el estreno de Ederra (1983), de Amestoy, en el Español, bajo la
dirección de Miguel Narros, son algunos otros referentes de ese cambio
teatral. Esa toma de la alternativa se manifiesta también en la presencia
en estos montajes de actores ya consolidados, populares o prestigiosos,
como José María Rodero, José Luis López Vázquez, Manuel Galiana, Fernando
Delgado, José Luis Gómez, Berta Riaza, Lola Cardona, Margarita García
Ortega, María Luis Ponte, Conchita Montes, etc., junto a actores jóvenes
que estaban empezando entonces sus carreras y que pronto alcanzarían también
un reconocido prestigio, tales como Nuria Gallardo, Assumpta Serna, Kiti
Manver, Verónica Forqué, Amparo Larrañaga, Beatriz Bergamín, Fermín Reixach,
Pedro Mari Sánchez, Jesús Bonilla, Ovidi Montllor, etc.
Habían aparecido nuevos rumbos en el teatro. Una nueva promoción de dramaturgos
se incorporaba a la escritura para la escena y a partir de entonces ejercería
un importante magisterio sobre las generaciones posteriores. Todos ellos
procedían del Teatro Independiente y contaban además con una sólida formación
universitaria. Tal vez por ello sus textos presentaban ambiciosos contenidos
intelectuales, mostrados a través de personajes, tramas o referencias
de corte tradicional o popular. El lenguaje y el humor parecían atenuar
a veces la hondura o la gravedad de un mundo representado mediante claves
históricas, simbólicas, míticas, literarias, biográficas, filosóficas,
sociales y hasta teológicas. Lo castizo se mezcla con lo intertextual
y lo doloroso se combina con lo cómico. No en vano la tragicomedia va
a constituir uno de los géneros preferidos por estos dramaturgos.
La evolución de las trayectorias de cada uno de ellos va a ser relativamente
divergente. Alonso de Santos ha cultivado habitualmente un teatro naturalista
que presenta, casi siempre veteada de humor, la cara oscura de una sociedad
marcada por la mentira y por la violencia. Se advierte en su teatro una
profunda desconfianza en las estructuras sociales y en el orden que dicen
sustentar, aunque no faltan en él los momentos de ternura o los contrapuntos
de la comicidad. Llama también la atención su extraordinaria capacidad
para el diálogo y su manejo de las posibilidades del lenguaje en el teatro.
Trampa para pájaros (1991), además de los citados anteriormente,
es tal vez su título más logrado, pese a que su exhibición en el teatro
Alfil no obtuviese la proyección que el texto y el montaje merecían.
Fermín Cabal ha escogido también como materia dramática las lacras sociales
y las personales de la generación a la que pertenece, pero suele enfocar
los temas sin pudores ni sentimentalismos, y están ausentes en sus piezas
las reconvenciones morales. Formalmente nos interesan su escritura concentrada
y sintética, su empleo radical de la elipsis y sus fracturas espacio temporales.
Entre sus mejores textos hay que recordar aquel impactante Caballito
del diablo (1981), Ello dispara (1990) o Travesía (1993).
Sanchis Sinisterra, sin renunciar nunca a una ambiciosa crítica política
de las estructuras de poder, se ha inclinado fundamentalmente hacia la
investigación formal de la construcción del texto dramático. Sus investigaciones
sobre los enigmas que plantean las obras de Beckett y Pinter, fundamentalmente,
aunque también Brecht o Kafka, y sobre las posibilidades de la estética
de la recepción, le han llevado a componer un tipo de escritura extraordinariamente
sugestiva, inquietante, y plagada de enigmas, de huecos, de lugares que
debe llenar el espectador. La espléndida pieza El lector por horas
(1999) es posiblemente su título más interesante, aunque merece también
ser revisada La raya del pelo de William Holden, cuya puesta en
escena en la presente temporada ha estado por debajo de las posibilidades
que ofrecía el texto.
Ignacio Amestoy ha solido tomar la historia de España y singularmente
la del País Vasco, como referente para la escritura de sus piezas. A partir
de ella hace una lectura habitualmente trágica, aunque no falta la comedia
en su producción, de una España condenada a que sus intentos más democráticos,
ilustrados o utópicos sean ahogados en sangre. De manera semejante, su
ciclo sobre el País Vasco expresa la pugna entre quienes están dispuesto
a morir y a matar por la utopía que defienden y quienes sueñan con un
camino de libertad y de cumplimiento de los propios anhelos sin necesidad
de derramar la sangre propia o la ajena. Teatro político y teatro valiente,
construido siempre al límite de la tolerancia de un público cada vez menos
propicio a historias duras o que se internan en territorio tabú. Merecen
destacarse Doña Elvira, imagínate Euskadi (1985) o Dionisio,
una pasión española, aún sin estrenar.
Sirera destaca sobre todo por el dominio técnico de la escritura dramática.
Las variaciones sobre el mismo tema o la exploración de las distintas
posibilidades de ver un mismo fenómeno configuran buena parte del panorama
dramático de este autor, en consonancia con un cierto barroquismo conceptual
no infrecuente en el teatro de los últimos años. Pueden recordarse textos
como Indian summer (1978) o Maror (1994).
A ellos habría que sumar los nombres de Miguel Medina y de Benet i Jornet.
Este último empezó a escribir antes del 75, pero las características
de su escritura posterior son convergentes con las de las nuevas dramaturgias.
Su gusto por lo caleidoscópico ofrece una realidad cambiante e incierta
en textos difíciles, pero brillantes y sugestivos, como Deseo (1989),
E.R. (1994) o El perro del teniente (1997). En todos ellos
aparece además, de una manera o de otra, la obsesión por lo que se deja
o lo que se transmite, obsesión que da título a otra de sus más atractivas
piezas, Testamento (1996).
Estos dramaturgos han ejercido alguna suerte de magisterio directo o indirecto
sobre las generaciones más jóvenes. La falta de perspectiva hace difícil
una valoración de este nuevo teatro, pero hay algunos nombres que han
ido consolidándose y ofreciendo un teatro interesante y de altura intelectual.
Ernesto Caballero ha mostrado una sociedad atrapada en un mecanismo de
cajas chinas, vigilada permanentemente, en piezas como Squash (1988)
o Retén (1991), y también en Auto (1992), tal vez su texto
más logrado, donde, como sucede en otras piezas suyas, nos muestra a una
humanidad necesitada de expeler su propia miseria moral. Sus obras, ácidas
y profundas, están recubiertas por un humor que las hace especialmente
sugestivas. Ignacio del Moral une el humor a la ternura con la que mira
a unos personajes desvalidos, llenos de sueños alejados de sus posibilidades,
aunque a veces el dramaturgo les conceda el prodigio de su cumplimiento.
Son especialmente interesantes Páginas arrancadas del diario de P
(1997) o Rey negro (1997), montada esta última en el CDN bajo la
dirección de Eduardo Vasco. Tampoco la ternura está ausente en el teatro
de Paloma Pedrero, aunque aparece envuelta en un lenguaje duro, que refleja
la violencia en la que se mueven sus personajes, como sucede con el ciclo
repetidamente enriquecido de Noches de amor efímero. A esta misma
generación de autores pertenece Yolanda García Serrano, interesante dramaturga
que parece inclinarse desde hace algunos años por el guión cinematográfico.
Más joven es Ignacio García May, quien se dio a conocer muy tempranamente
con aquel espléndido Alesio, una comedia de tiempos antiguos (1987)
y que ha cultivado un atractivo teatro relacionado con el misterio y la
magia que desprenden los clásicos de la literatura de aventuras y que
revela, sobre todo, la influencia de Conrad. Los vivos y los muertos
(2000), dirigido por Eduardo Vasco en el CDN es su último estreno.
Una línea muy distinta sigue Rodrigo García, que suele dirigir sus propios
espectáculos, basados en la plasticidad violenta y hermosa de las acciones
físicas y en los que la palabra combina su uso dramático con un empleo
musical, rítmico o decorativamente irónico en ocasiones. Sus trabajos,
a menudo provocativos, suelen suscitar una gran expectación. La huella
de H. Müller o de Bernhardt es patente en sus mejores trabajos, como Acera
derecha (1989), Matando horas (1991), Dinero (1996),
Conocer gente, comer mierda (1999).
En el panorama catalán destaca la figura de Belbel, cuya trayectoria,
sin negar sus méritos indudables como dramaturgo y director, ha sido muy
reforzada desde distintas instancias políticas. Escritor sumamente permeable,
su teatro revela rasgos en común con Sanchis Sinisterra, con Benet i Jornet
y, en otro ámbito espacio-temporal, con la obra de Schnitzler, a cuya
influencia debe sus mejores títulos, como Caricias (1992), Elsa
Schneider (1989) o incluso Talem (1990). A su nombre habría
que añadir los de Lluisa Cunillé (quien ha colaborado en ocasiones con
otro interesante dramaturgo valenciano, Paco Zarzoso), Pablo Ley, Beth
Escudé, Lluís-Antón Baulenas, Jordi Sánchez o Josep Pere Peyró, entre
otros muchos que componen el panorama de la nueva dramaturgia catalana
contemporánea. A estos autores habría que añadir las exitosas creaciones
colectivas de ¡Hombres! (1994) y Criaturas (1998), de la
Compañía T de Teatre, sobre textos escritos por numerosas firmas (Belbel,
Benet i Jornet, García Serrano, Mir, Plana, Verdés, Pereira, Ollé, Peyró,
Roca, Mollá, Iscla, etc.)
La proliferación de talleres de escritura, de cursos o seminarios ha favorecido
la aparición de jóvenes e interesantes dramaturgos jóvenes. Es imposible
citar a todos ellos, pero cabe mencionar a los componentes del grupo Astillero,
encabezado por el director Guillermo Heras y compuesto también por Juan
Mayorga, cuya pieza Cartas de amor a Stalin ha conocido ya un estreno
en el CDN, y ha firmado además otros textos de notable calidad, como El
gordo y el flaco (2000), José Ramón Fernández, Luis Miguel González
y Raúl Hernández Garrido. Yolanda Pallín ha escrito, junto al citado José
Ramón Fernández y al director Javier Yagüe, Las manos e Imagina,
las dos primeras entregas de la Trilogía de la Juventud, uno de
los éxitos más sorprendentes y estimulantes de las últimas temporadas.
Otros nombres dignos de interés son Antonio Álamo, con textos muy atractivos,
como Los borrachos (1995) y Los enfermos (1996), Antonio
Onetti, González y Sanguino, que suelen escribir en colaboración, el actor
y director Carles Alberola, Carlos Marqueríe, Antonio Fernández Lera,
Juan Luis Mira, Julio Escalada, Pedro Víllora, Itziar Pascual, Sara Molina,
Ana Vallés, Maxi Rodríguez, Ortiz de Gondra, Angélica González, Armada,
Plou, etc. Todos ellos han dado signos de vitalidad teatral, pero se trata,
en la mayoría de los casos, de creadores jóvenes, con posibilidades de
construir en un futuro próximo una obra teatral de interés. El tiempo
dirá.
No puede olvidarse la presencia de algunos comediógrafos que han seguido
fórmulas tradicionales a la hora de escribir sus piezas, y que han contado
con un amplio respaldo del público. Sobre todos ellos Ana Diosdado (Los
ochenta son nuestros, 1988) y Santiago Moncada, pero también María
Manuela Reina, Miguel Sierra, Rafael Mendizábal, los actores Fernando
Fernán Gómez, Adolfo Marsillach, Teófilo Calle, y otros muchos. Otros
dramaturgos cuentan con una obra de cierta solidez, pero que, por distintos
motivos no han conseguido un reconocimiento suficiente. Es imposible mencionarlos
a todos, pero podría citarse a Maqua, Álvaro del Amo, Martín Bermúdez,
Fernando Almena, Benítez, Valderrama Morón, Lourdes Ortiz, etc.
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